10/52 Cómo combatir la soledad

Foto de una joven que bebe café en el balcón de su departamento
Photo by Thomas de LUZE on Unsplash

Una de mis canciones tristes favoritas es de Wilco. Una de las tantas de su repertorio de días nublados y silencios largos. «How to fight loneliness», que puede ser el grito de batalla de los que nos hemos despertado un domingo a medio día con la sensación de que la semana se fue sin tomarnos en cuenta.

La he escuchado de soundtrack en series y películas cuando los protagonistas son miserables en el punto más bajo: cuando el amante los abandona, cuando no encuentran el amor en algún extraño de la calle, cuando todos los demás ya se fueron. Y también en los míos.

La canción podría ser un breve instructivo de cómo vivir con la soledad. La primera vez que la escuché la seguí al pie de la letra para fingir frente al resto que no aparenta sentirse solo. Hasta que un día me puse a pensar que, tal vez, todos jugamos la misma charada si alguien más nos ve, y gracias al recurso de la voz de Jeff Tweedy, la guitarra y el piano nos aprendimos el manual inmediatamente. ¿Qué tal que todos estamos solos? ¿Entonces qué?

Los expertos en la soledad dicen que es tan versátil como ese vestido negro que combinamos con todo lo que tenemos en el armario: desde las perlas, hasta las botas militares. Y también es una contradicción, porque en realidad nunca estamos solos: uno está con uno, siempre. Esa debe ser la soledad más difícil de lidiar, no hay nadie que nos distraiga de la voz que tenemos adentro, porque a pesar de que ya sabemos que no es tan buena consejera, de vez en cuando tenemos dudas y hay que poner mucha, mucha atención de que esa voz sea una, en singular. Si encontramos otra ¿habrá que identificar la canción que explique cómo combatirlas?

Por un lado entiendo a la gente que se niega a vivir sola, que ni siquiera lo considera como una posibilidad y se llena de compañeros de cuarto, fiestas, reuniones para bordar, cocinar, ver una película. No hay momentos de silencio extendido, esos que aprovechan los recuerdos para tocar la ventana del fondo: «Oye, ¡oye! ¿Me recuerdas? Es hora de revivir la vergüenza de tapar el único retrete de la cabaña en aquel viaje hace 12 años». O, peor, el interminable desfile de malas decisiones minutos antes de conciliar el sueño. Los reclamos que a veces nos hacemos en la ducha por no estar en otro domicilio, ganando otro sueldo, construyendo una casa junto a ese alguien que al menos sí nos aguantaba. Solos, todos somos Joel en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.

Dos Joel evitándose la mirada al mismo tiempo

Aun así sé, me consta, que existe el otro lado de la soledad que ejemplifica esa versatilidad de la que hace tanta gala. La soledad de un cigarrillo a medio día con la mente en blanco, la soledad previa a tomar un libro en absoluto silencio. La soledad de las galletas recién horneadas. La soledad de recordar los sueños de la noche anterior. De mirar a los gatos dormitar sin una sola preocupación en el mundo. Esa quietud que se mece con el «tu-rurú, tu-rurú, tu-rurú» de la canción de Wilco, que es menos frágil de lo que creemos. Ahí es cuando olvido que entiendo las razones por las que alguien se niega a vivir así.

Debe ser por la sentencia inevitable que inaugura el segundo verso: «Whatever’s going down will follow you around». No se puede escapar de una misma, ¿pero qué se le va a hacer? ¿Combatir la soledad? Está comprobado: es imposible. Más bien hay que abrazarla mientras tarareas el final de la canción, porque quién sabe cuándo la volverás a tener tan cerca.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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