10/52 Lo urgente no deja tiempo para lo importante

El otro día, contaba a mi tocaya Castillo que una de las primeras acciones que tuve que hacer para escribir una novela fue renunciar a mi trabajo estable en una agencia. Le dedicaba tanto tiempo a los clientes, los bomberazos, las redes sociales, las juntas, que al final del día solo quería dormir 18 horas seguidas o cenar un seis de caguamas de Pacífico.

Pero cuando entregué el manuscrito, los ahorros se acabaron y yo no me había ganado un premio, no me había firmado ningún agente y mi casero nunca se quitó la costumbre de cobrarme la renta. Tuve que buscar un empleo, aunque bajo mis condiciones. Ya saben: nada de horas extra, ni fines de semana. La computadora se cierra antes de las 5 de la tarde y no se abre antes de las 9 de la mañana. Será para proyectos que me apasionen o que, al menos, me diviertan. Y, definitivamente, no ocupará más del tiempo necesario porque yo seguiré escribiendo.

Ya pasaron tres años y, como bien apuntó mi tocaya Castillo: paré la explotación de una empresa para explotarme a mí misma.

Sé muy bien que, si en 2019, me hubiera tocado con un perdido viajero en el tiempo que me dijera que en 2020 todo se iba a poner muy raro, rarísimo, no habría renunciado a la agencia. Seguro ahora tendría panza de colitis y una alopecia implacable, con la máscara de la «tranquilidad» de la remuneración estable. Así que a veces me digo que podría estar peor.

Sin embargo, y esto es lo que a veces cala, es que tengo un año con anotaciones de cuentos que nomás no empiezo, y fechas de entrega de textos para viudas que dicen que no quieren escribir un cuento pero cambian todo lo que les entrego en los días que me lo exigen. Pro tip: es mejor idea ofrecer talleres de escritura a ricachonas del Pedregal que convertir sus anécdotas en ficción para la familia. El miedo a mañana no tener algo parecido a un sueldo me convirtió en explotadora de mí misma.

«Lo importante es que tienes trabajo», me ha dicho una amiga. Sé que es cierto, y me siento culpable por dedicarle estas líneas a lo cansada que me siento por no saber decir no. En el fondo, también lo sé, lo que más me duele es que no he cumplido todavía con el plan para dedicarme solamente a la escritura, a mi escritura. Lo sigo posponiendo para el mes que entra, para el que sigue, para el que viene después.

Si tan sólo tuviera la vida de mis amigas, que viajan a cada rato, compran casas, hacen fiestas. Últimamente tengo batallas con uno de mis gatos: a ver quién grita más fuerte. Él único que se atreve a brincar la barda a la azotea de junto es él, yo le sigo temiendo a las alturas.

Lo urgente no deja tiempo para lo importante. Honestamente, ya no sé qué cosas caen en cuál definición, excepto que soy una planta de casa con emociones complicadas.

Sabiduría

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.