11/52 Everything but the moms

Tatuaje incompleto de Bart Simpson que dice «Moth»

Convertirse en adulto es descubrir que santaclós no existe, sino que son los papás, son esclavos del ciclo infinito de la mercadotecnia que dicta cuáles días son los que tenemos que dedicar a cuál persona de la familia según el rol que se le ha puesto sin consultarle en lo absoluto.

Entonces ese proceso de golpe de realidad lo experimentamos cada vez cuando nos enfrentamos a los impuestos, el pago de servicios, cuando abrimos una cuenta en el banco, buscamos trabajo, un lugar donde vivir, cuando aprendemos por qué el día de la mujer se conmemora y no se celebra. O por qué el día del trabajo en México no coincide con el de Estados Unidos, pero con otros países sí.

Y está bien, porque es importante saber que cuando compramos una carta atascada de corazones para san valentín, en realidad reforzamos estereotipos románticos que le hacen daño, la mayor parte de las veces, a las mujeres. O que días que intentan crear conciencia sobre un problema social y estructural grave que enfrentan minorías o culturas silenciadas en este capitalismo que no nos deja respirar se convierten en un contenido más para las redes sociales de las marcas que los despoja de todo su significado.

Pero, así como he tenido oportunidad de replantearme las cosas que hago y disfruto para dejar de comportarme como una idiota ajena al mundo que me rodea, también sé que tengo un sesgo, un límite, un asunto pendiente y un tópico con el que no me meto porque no existe —todavía, al menos— ensayo que me convenza a mirar el Día de las Madres desde su verdadero —o eso dicen los más despiertos del círculo que puebla mis redes sociales— origen.

Es decir, esta es la fecha que he decidido etiquetar como legítimo festejo como si hubiera nacido así en los anales de la historia, allá milenios atrás, con la intención meramente pagana y terrenal de rendirle homenaje a la mujer que parió a un montón de gente, aunque no lo pidieron así. Que no se malentienda: lejos de reclamarle a mi madre por traerme a este mundo de porquería, desde hace años comencé a reconocer el trabajito que significó materializarme a este lado de la matrix porque una madrugada me quedé pensando en que yo fui la menorcita, la que llegó ¡once años! después del segundo hijo y que para entonces ella ya no contaba con mi astucia. No fui planeada, pues, tons desde ahí ya hubo una decisión que seguro tuvo que pensársela un ratito con las cuentas bancarias en la mano y el calendario en la otra. Y de todas formas me quiso mucho. O quizá por eso me quiso mucho, ¿para compensar un poco ese momento de duda? Capaz que por cada berrinche que le hice y que le recordaba que ella ni quería me las arreglé para ser adorable dos segundos para que ella dijera «ta bueno, pues» y me llenara de besos.

Lo deprimente de todo eso es que me cayó el veinte cuando ella ya estaba muerta.

Lo adivinaron: he ahí mi sesgo. Así que les recomiendo que este día se dediquen a darle abrazos, besos, flores, pasteles, dinero, regalos no-prácticos pero bonitos(nada de licuadoras, no sean ojetes; mejor aprendan a hacerse sus desayunos, bola de inútiles), cenas, cervezas, videojuegos, ropa, discos, 24 horas de silencio o la noticia de que ya consiguieron trabajo y que se van de su casa para dejarla echarse pedos en santa paz mientras puedan, porque cuando se muera van a estar dándose contra la pared por todas esas veces que aventaron la letanía de lo ilegítimo de la celebración mientras su madre recordaba que tardaron 12 horas pujando para que nomás les saliera un discurso pseudopolítico de felicitación que se robaron de Facebook y que de todas formas, quizá si es necesario porque hay que considerar que podría serlo en este país donde vivimos, iría a rascar la tierra para encontrar unos huesos que antes estuvieron dentro de ella (literal o metafóricamente: las madres también son las que cuidan aunque no hayan parido).

O sea, tantita madre, carnales. Al menos mientras puedan.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.