12/52 Vamos a tener que seguir conversándolo

Michaela Coel, creadora y protagonista de I may destroy you

La manera en que el confinamiento nos obligó a mirar la ventana con la melancolía de un gato gordo que añora al pájaro que lo observa desde un cable me causó una incomodidad que, para ser franca, ya provoca comezones irrascables. La mano no me alcanza ese punto que nomás pica y pica, y lo peor es que no puedo decirle a alguien más dónde está exactamente para que use sus uñas con la violencia necesaria.

Así que desde hace unos meses, cada vez que tengo la oportunidad —es decir, que existe el ambiente ideal: seguro, solo entre mujeres y que los chismes ya pasaron a segundo plano— comparto la incomodidad con quien me dé oportunidad de contarla, y es que ya pasaron un par de años desde el MeToo y existe esta sensación general de que nada ha cambiado realmente. ¿Cierto? Sé que no soy sólo yo, porque ellas también me dicen que sí, que algo no se ha acomodado bien aun después de que se sintiera que el polvo de ese derrumbe ya se asentó. Sin embargo algo queda pendiente, y esto lo hablo desde el lugar en el que yo fui parte y todo el contexto en el que me desenvuelvo, porque aprendimos muchas cosas, como a pararle el carro al cabrón que cree que se hace el chistoso, a cortar lazos con aquellos que nos hacían menos frente a nuestros amigos (en el chat de WhatsApp o en persona) y se burlaban de lo que reclamábamos, a señalar a los que acosaron a amigas y compañeras aunque nadie se atreviera a decirlo, a cuestionarnos hasta dónde permitimos que los amigos o los primos o los hermanos se salieran con la suya y las razones por las que mirábamos a otro lado cuando la cosa se ponía horrible para una o todas.

Pero ¿y ahora qué sigue? Nadie perdió su trabajo, los procesos de denuncia siguen de la chingada, la gente todavía se burla de las feministas que piden a gritos que dejen de matarse a las mujeres y mi hermano sigue pensando que quien debe aprender a cuidarse es mi sobrina pero no que su hijo sepa respetarlas a ellas. Las marcas se aprovecharon, como siempre lo hacen, de las peticiones de un sector social harrrrrrrrrto para vender productos morados, los que contamos y editamos historias le dimos preponderancia a las mujeres, los expertos en redes sociales lograron condensar las consignas y los gritos de guerra en memes que ya nos sabemos de memoria: Hermana, yo te creo; Ni una más; Se va a caer; El violador eres tú.

Y ahora, ¿qué sigue?

Hago esa pregunta porque el de las dickpics acaba de abrir una agencia, mis amigos y amigas que comparten chat con ya-saben-quién me desean feliz cumpleaños por mensaje privado porque desde hace tiempo casi no participo en ese hilo, acaban de hacer una presentación del libro de uno de los nombres más barajeados en el MeToo local y, para ser honesta, no siento que particularmente yo haya hecho un gran cambio más allá de la rabia que sigo aprendiendo a gestionar para que no me consuma y tampoco desaparezca para que no se me olvide que el daño abarca desde una burla estúpida hasta el feminicidio del que nos enteramos meses después, si acaso.

Han pasado dos años de todo esto y poco a poco vemos lo que la marea escupe en obras y contenidos que nos hablan de esas heridas que a muchas, por diferentes razones, nos palpitan. Por eso hay cintas como Hermosa venganza (que no, no es perfecta, sobre todo porque ¿ahora las mujeres trans son el amigo gay bidimensional de todas las cintas protagonizadas por mujeres? WTF) en donde la violencia va dirigida a todos los que mueven en las áreas grises del daño: no es violación porque no está forzando a nadie, no es crimen si solo se trata de humillar un poco a la chica guapa, no está mal porque citar a Foster Wallace para demostrar mi intelecto no es cansado ni predecible, ¿cierto?

La otra noche una amiga llevó un Smirnoff de tamarindo a mi casa. Me urgía porque quería hablar de esto y más. ¿Qué hacemos, para dónde vamos? Es como si la barca se hubiera quedado atorada en un banco de arena y seguimos esperando a que la marea suba, por alguna razón, y nos permita avanzar. Mientras, empieza a oler a podrido, y no estoy segura de que sea por los peces muertos ahí abajo o la porquería que nosotras mismas echamos por la cañería. «Aprendimos a funar muy bien», dijo mi amiga, «y puede ser tan legítimo como una denuncia judicial, porque las instituciones ni sirven, pero no puede ser todo.» Exacto: no puede ser todo porque, para empezar, ni sirve. No sirve ni siquiera para que la gente cerremos filas con quien recibió daño, y las razones para cada quien pueden ser tan variadas: es que la relación de años, es que la gente también aprende, es que de algo tengo que vivir, es que ya quedó en el pasado porque tomó terapia, es que lo reconoció y entonces significa que está trabajando en eso. Y hay que considerar que todo eso es cierto y es legítimo, porque yo también perdoné a un amigo que salió en el MeToo, vi que era mejor persona y me siento feliz de haber compartido unas cervezas con él antes de que la pandemia se lo llevara. Quienes lo mencionaron, ¿se sentirán como yo con los otros que, a pesar de que saben lo que han hecho, siguen como si nada?

Por eso intento no reclamarle a los amigos que también lo hacen, desde donde están (¿esto que escribo cuenta como reclamo? no lo sé), aun así a veces lo hago con quien lo hace y no conozco.

Debe ser porque tenemos que seguir platicando sobre esto para nombrar todo eso que se quedó en las áreas grises, que también fueron y son violencia pero no están contempladas en la lista de los crímenes del MP. Porque, además, tenemos que mirarnos y analizar en dónde nos quedamos, qué estamos haciendo, qué perdimos. Pienso en el cuento «Las cosas que perdimos en el fuego» de Mariana Enríquez y las mujeres que se prenden fuego de manera voluntaria como protesta, antes de que un hombre lo haga. O en la serie I may destroy you que, pienso, se atrevió a escarbar un poco en el proceso que todavía no terminamos después de que empezamos a exponerlos, y por lo tanto: a exponernos, desde que nos ayudamos a reconocer que lo que nos hicieron no estuvo bien (en la serie es una violación. En la vida real es eso, y los golpes, las humillaciones, las manipulaciones, las fotos, los chistes, la falta de empatía) hasta la forma en que nos distrajimos durante el camino cuando nos vimos arropadas por el apoyo vacío de miles de personas en redes sociales. Nos creen, hermana, pero nadie nos dice cómo reparar la carne abierta que sigue ardiendo.

Tenemos que seguir hablando de I may destroy you y de estos edificios a medio destruirse porque, ¿saben qué?, ahí tienen pisos enteros intactos a los que ni siquiera tenemos derecho a entrar. Vamos a tener que hacer los propios, y es obvio que muchas no sabemos por dónde empezar.

¿Quién para hablar de esto?

[Y antes de que lo sugieran: no, tampoco espero continuar esta conversación con ellos. Eso todavía no será posible porque la comezón la iniciaron ellos, así que más les vale desinfectarse por su cuenta antes de tocar la puerta.]

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.