13/52 Un duelo sin desmoronarse

Todas las personas que hemos tenido mascotas ya sabemos que cuando mueren (o un día salen de casa para no regresar) significa un duelo que no necesitamos que la ciencia nos confirme.

El vacío está ahí, en la camita helada o los trastos de comida rancia. Nos visitan luego en los sueños, tenemos visiones barridas de su presencia engañosa que nos descoloca una mañana mientras preparamos café o de pronto el sillón está más grande que de costumbre; ya no hay marrullos tiernos que piden comida mientras vemos la tele, los pelos empiezan a desaparecer de la ropa, ya no hay que apartar un rato en la tarde para los paseos.

Es un proceso tan largo, me atrevo a decir, como cuando muere otro ser (humano) querido. De nuevo, no tiene que caso que alguien más venga a recordarme lo que sentí cuando murió mi madre o que los animales no dejan tanta huella en nuestra vida porque esa persona sabe, yo lo sé, todos lo sabemos, que está mintiendo. Ahora mismo tengo la certeza.

No es, por supuesto, la primera vez que uno de mis gatos muere antes que yo. El primero en partir fue un ejemplar gigantesco, malhumorado y chiquiado: me caía muy bien porque me defendía de mi ex-el-imbécil y le rendía honores a mi padre, con el que compartía siestas cuando se quedaba unos días de visita. Se llamó Kaspar, pocas veces se dio a querer por alguien que no fuera yo, y quizá era un vivo reflejo de los muros que entonces levantaba para que no se me acercara tanta gente. Por eso lo quise tanto, supongo.

En esa ocasión el gato enfermó de pronto, lo llevé al veterinario de inmediato y le dieron una inyección que debía funcionar en el transcurso de un día, pero sólo empeoró. En un fin de semana pasó de gatito desanimado a candidato para eutanasia, una de las decisiones más difíciles que debí tomar en ese entonces, porque significaba vivir sola con mi soledad en serio, sin nadie que me recibiera al regresar del periódico por las noches, que compartiera el edredón los sábados de flojera (los verdaderos, no los falsos que casi hacen que me despidan). Esa imagen me ayudó a entender que debía poner en primer lugar el bienestar de Kaspar, y lo dejé descansar. Al día siguiente, domingo, lo enterré en la jardinera del edificio donde vivía.

Pensé que así debía ser ese tipo de duelo: en solitario, porque era una mascota y el radio de afectación que causa abarca solamente a la persona que compartía casa con ella.

Hasta que otro gato chiquiado, gigantesco y cariñoso enfermó frente a mí y, a pesar de las sondas, las medicinas y los estudios, nos llevó al mismo camino que el anterior: ayudarle a morir. Pero esta vez el proceso fue distinto.

A pesar de que en esta casa éramos tres inquilinos (Marco, Polo y yo), Gus nos acompañó siempre, desde la primera visita al veterinario, hasta cuando abandonamos el consultorio con el cuerpo suelto, todavía esponjado y tibio, de Polito. No tenía idea de que este duelo también merece el cariño de otra gente, que comparte la misma tristeza y homenajea los años que estuvo a tu lado, aunque no haya compartidos todos contigo.

Pensaba que por ser el segundo gato, sería más sencillo todo. Pero ni las malas noticias, ni las noches consolando el malestar del michi o luchando contra él para darle las medicinas lo fueron. Al final, nos sigue faltando el gato serio, que bañaba todos los días al gato loco y compartía las mejores siestas del mundo.

Sin embargo, la ausencia es menos fría porque Marco acaricia con su cola inquieta ese hueco que está libre en el sillón mientras ronronea a mi lado y Gus me sigue enviando, una por una, las fotos que se tomaba con Polo cuando se acostaba sobre su cabeza, como embriagado por el aroma de su cabello.

Es decir, Polo es extrañado por tres, y así es más simple formar un triángulo fuerte que aguante el techo sin desmoronarse.

Para la próxima, adoptaré un gato más resistente, con un riñón indañable.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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