14/52 Esto también es la felicidad

Luego de dos años de tenerle miedo a los espacios cerrados que antes fueron lugar seguro, como el cine, decidimos que una cinta de P. T. Anderson bien valía el riesgo a que un negacionista del virus o un anti-vacunas de clóset no estornudara en la fila de las palomitas.

Así que sugerí ir en bicicleta al complejo de salas que menos le gusta a Gus y me siguió la corriente. Compré los boletos para la última función de un sábado, para no pelear la calle con el transporte público o los automovilistas que deben llegar ya al bar más cercano. Nuestro plan era diferente, y aunque también incluía un par de latonas de Modelo Especial que compraríamos en el Oxxo junto al cine, nuestra ventaja era la falta de prisa o el trazo del mapa que promete una larga distancia entre la oficina y el dulce abrazo de una pinta bien helada.

Mentiría si en el fondo no me sentía unos diez años más joven, con la mochila en la espalda y los tenis mal amarrados, los jeans sucios y la risa nerviosa al presentar el código QR de los boletos, ensayando cómo negar que en la back-pack no llevábamos un par de cervezas recién salidas del refrigerador y un KitKat para compartir. Sólo un neurocientífico podrá explicar por qué nos acordamos de esos detalles tan pequeños e insignificantes de una ida al cine de ese estilo, tan ligero y sin necesidad de Instagram o maquillaje elaborado, a pesar de que cuando estábamos encontrando nuestros lugares no planeábamos hacer un recuento de la noche.

La sala tuvo más aforo que otras funciones a las que acudimos en esa época. Por ejemplo, la de Guillermo del Toro estuvo un poco vacía, asumo porque ya llevaba algunas semanas en cartelera. Poca gente se aguantó las ganas de acudir al llamado de uno de sus hijos favoritos, razón por la que no me explico por qué no me dijeron que estaba tan aburrida, caray.

Con Licorice Pizza había expectativas, pero en el fondo no tantas. ¿Qué le podríamos pedir a la guitarrista de HAIM y al hijo de Phillip Seymour Hoffman? Nada más queríamos un paseo en bicicleta y beber cerveza de contrabando en una butaca que ya ha recibido más de mil culos. Después de los avances de los próximos estrenos, existió un rato de oscuridad y saqué las latas de la mochila, disimulamos una tos como si nunca hubiéramos tosido antes —ya no sabíamos cómo, después de dos años de contener cualquier comezón en la garganta por miedo a la lapidación mientras esperábamos el turno de pagar en el súper mercado—, las destapamos y el primer trago coincidió con el inicio de la película: Alana avanzando con paso seguro en el pasillo de la preparatoria de Gary.

No tardamos mucho en involucrarnos con los intentos de un puberto demasiado segur para su edad que quiere conquistar a una veintañera que apenas se asoma a la adultez y no puede evitar responder con un NO, NOP, NOPE, NOT FOR ME. A pesar de que había otro espectador en la misma fila que se reía con demasiado entusiasmo (me lo imagino en una cena en la que, entre otras celebridades, comparte mesa con P. T. Anderson, así que para llamar su atención habla más alto de lo normal y se ríe de absolutamente todo lo que el ex de Fionna Apple diga: insoportable), Gus y yo también nos deleitamos con el animalario de especímenes cinéfilos de Los Ángeles de los años setenta, y concluimos que los mejores papeles para Bradley Cooper son en donde es un absoluto, completo imbécil, que se burla de él mismo, sin un ápice de aprendizaje moral. Qué felicidad ver a Tom Waits otra vez en la pantalla, además.

Bebimos la cerveza con calma, porque queríamos poner atención a la cena de las hermanas HAIM con papá y mamá HAIM, la hazaña de conducir un camión de carga sin gasolina y en reversa por las sinuosas colinas de Hollywood y la abrumadora sensación que muchas hemos tenido cuando, al final de un día miras a un lado, luego al otro, para darte cuenta de que entre cuatro cabrones no se arma un hombre.

El chocolate se acabó poco antes de que Alana acompañara a Matthew a la puerta de su casa y se abrazaran.

De regreso a casa, en bicicleta y con la boca ya efervescente por esa primera cerveza (tuvimos que comprar más en ese trayecto), hablamos de Alana y Gary, Anderson y el pendejo de la risa exagerada. Gus ya estaba enamorado de la HAIM y yo comenzaba a darme cuenta de que estaría recordando en el futuro ese pequeño trayecto nocturno sin filtros o el bling-bling de que todo tiene que ser memorable, porque de todas formas ya lo era.

I love you, Gary Valentine.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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Abril Posas

Abril Posas

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