Luego de ir a tiendas, hospitales, oficinas de servicios, bancos y cajeros automáticos, mercados, restaurante con ventanillas para llevar, centros comerciales, estacionamientos públicos en donde siempre, SIEMPRE, encontré a más de una persona con el cubrebocas debajo de la nariz, haciendo de hamaca de papada o, de plano, inexistente, JAMÁS pensé que el único sitio en donde no encontraría semejante vista sería el H. Auditorio Benito Juárez, hogar de espectáculos musicales y encuentros de lucha libre; hogar de las Fiestas de Octubre y sus juegos mecánicos sin mantenimiento, deliciosas garnachas sin higiene, perritos callejeros sin correo, venta de bebidas alcohólicas sin fin.

En contra de lo que la burocracia de nuestro México nos ha enseñado, tampoco hubo retrasos, coyotes reservando lugares en la fila, oportunistas haciéndose los perdidos para cortar camino o venta de vacunas pirata en las cajuelas de autos estacionados.

Pero así fue el panorama el día que fui a la cita para la vacunación: orden, diligencia, cubrebocas bien puestos, todos muy bien portados.

O sea, sí, aunque no perfecto. Y no lo digo porque muchos comerciantes vendían paraguas a 100 pesos, los vecinos rentaban espacios afuera de su casa a 50 o de pronto las tienditas de la esquina se convirtieron en cyber cafés para imprimir los documentos que siempre vamos a olvidar aunque se nos avise que los vamos a necesitar.

Hablo más bien del Don que iba detrás de mi en la fila, que se convirtió en la verdadera prueba de paciencia en el proceso. No tengo idea de en qué momento llegó, mas noté su existencia —chingado— cuando comenzó a llamar por su celular a quién sabe quién para contarle cómo iba el asunto. Seguro que la persona del otro lado de la línea le preguntaba que si ya tenía todo, porque el compa dijo que cuál registro, cuál código cú-erre, él ya estaba formado y hay un chingo de gente, esto se va a tardar muchísimo. Caminábamos en la fila que nos correspondía de la cita —que él no sacó— para la una de la tarde y estábamos ya por entrar al auditorio precisamente a la una menos cinco, precisamente con un margen de apenas minutos que, y no me importa que esté equivocada, es mucho mayor que el caballero aguanta de misionero.

De todas formas, ahí no paró. Ubicado a la entrada, personal de apoyo revisaba que todos contaran con los documentos mínimos para ingresar, y si mal no escuché, el Don Quejón se hizo el desentendido en su turno y de todas formas lo dejaron pasar porque llevaba el papelito del registro federal. Ahí preguntó, por primera vez, para cuándo se esperaba la segunda dosis. «En unos dos meses y medio», le respondieron automáticamente.

Seguimos caminando y nos sentaron en unas sillas a esperar nuestro turno: pinches 1:15. A los cinco minutos apareció una joven a pedirnos que termináramos de llenar los datos del registro federal con el nombre de la vacuna, el lote, la dosis y la fecha. Don Preguntón levantó la manita y quiso saber, por segunda ocasión, para cuándo la segunda dosis. «En unos dos meses y medio, señor», le dijo la chica mientras recortaba la hoja por la mitad, guardaba una y nos devolvía la otra.

A la 1:20 llegaron los del personal de salud, con bata, guantes, cubrebocas y un carrito que me recordó al que usan los aeromozos (¿azafatas?) para llevar el chupe y las bolsitas de cacahuates, solo que en lugar de bebidas y snacks a sobreprecio, llevaban una pequeña dosis de esperanza (jaja, perdón). Después de las dudas de cajón (¿cuánto tiempo sin chupar? Tres días. Muy bien, gracias), el pinchazo y el algodoncito con alcohol, llegó el turno a Don No Entiendo, quien por tercera vez preguntó exactamente lo mismo que hace dos: para cuándo la segunda dosis. Y, tal como a la entrada y cinco minutos antes, la respuesta fue la misma: «En unos dos meses y medio».

A la 1:25 nos pidieron que esperáramos quince minutos en observación, en nuestros lugares, en caso de que alguien tuviera una reacción secundaria grave. Mientras unos cotorreaban con el vecino, jugaban en el celular o escuchaban música, Don Me Quejo De Todo contestó una llamada. El pobre diablo (o pobre diabla) le preguntaba que si ya estaba vacunado, que si se sentía bien, que cómo estaba la onda escuchaba porque yo nomás oía que había muchísima gente, hacía demasiado calor, se estaban tardando más de lo esperado, que nos tenían ahí nomás sin hacer nada y que ya no iba a alcanzar a ir por las tortillas porque todo está mal organizado quién sabe por qué.

Y entonces quise levantarme y gritarle que ya se callara, que apenas era la 1:30 y estábamos más cerca de salir que de otra cosa y que dejara de chingar porque además ni siquiera había hecho todos los pasos para recibir la vacuna para evitar que se muriera, uy, qué horrible sería. Pero la verdad es que de inmediato me calmé porque recordé que en este año y medio tuve que aprender que los que deciden no vacunarse no son los que viven debajo de una roca o en contra del método científico, sin acceso a la educación, los estudios que se comparten o el consejo de médicos en su comunidad, sino que los que luego hablan de teorías de conspiración y genocidio tienen licencia para practicar la medicina, son dueños de empresas que asistieron a universidades privadas y progresistas, que han viajado a países lejanos a conocer de cerca culturas que otros apenas imaginamos con Google Images y que en verdad hay personas que ocultan que están enfermas porque la vergüenza es más fuerte que la responsabilidad con sus cercanos o que piensan que la vacunación es un asunto individual porque es para que únicamente yo esté bien, así que si me siento bien no es necesario vacunarme y que los que están alrededor en el trabajo, el transporte público, las escuelas, centros de espectáculos y hospitales, oficinas de servicios, bancos y cajeros automáticos, mercados, restaurante con ventanillas para llevar, centros comerciales, estacionamientos públicos no cuentan*.

Al menos Don Enfadoso no soltó el «respeta mis creencias».

No sé si el Don preguntó por cuarta ocasión que para cuándo la segunda dosis. Sólo espero que haya encontrado tortillas en la comida y que se encuentre bien; que llegue a la segunda dosis sin perder seres queridos o conocidos, y que siga chingando otro rato más (pero allá lejitos).

*Nota: Lo único que está perrísimo de todo esto es que, cuando alguien vea una película de zombies conmigo dentro de unos años y diga que qué pendejos los que ocultan que están contagiados antes de encerrarse con el resto de los sobrevivientes, podré decirles que es perfectamente realista y que hasta me tocó vivirlo.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.