16/52 Problemas de escritoras

Foto de Joshua Hoehne en Unsplash

Arriba en el podio, frente a las graduadas de la Licenciatura en Escritora, las rodillas me tiemblan pero logro disimularlo porque llevo un vestido largo, aunque no tanto para que se asomen las Dr. Martens Pascal 1460 color negro mate. Acomodo las hojas de papel y, después de felicitarlas a todas por llegar al final del camino, empiezo:

«Cuando me invitaron a venir acá a hablarles para celebrar su graduación, recordé que una vez estuve en su lugar y, revuelta con la emoción del momento, estaba el pánico a una etapa que me era totalmente desconocida. El “¿y ahora qué?” después de 6 años, que debieron ser 5, de asistir a una universidad que ofrecía una carrera en humanidades a la que apenas le invertía de su presupuesto, ese que cada cuanto había que arrebatarle a la federación, para inyectarlo en todos lados excepto los baños de nuestra licenciatura, los pintarrones de nuestros salones, las butacas chuecas e incómodas, las computadoras de quince años de antigüedad, en reemplazar los proyectores de acetato por otros de cañón, en dar apoyos para sus alumnos y alumnas con mejores calificaciones.

Sin embargo, me hubiera gustado que desde este mismo podio, alguien con más experiencia que nosotras nos contara lo que nos esperaba a partir del día siguiente y durante los siguientes años, a medida que este mundo aumenta su temperatura sin control. Un decálogo de la profesión de escritora, tal vez. Algo para leer todos los días, antes de inevitablemente poner un pie fuera de la cama. Algo así:

Y, finalmente, añadiré uno al decálogo a pesar de que le romperá el nombre:

11. Nadie se merece nada. La vida es injusta, siempre lo ha sido, y no existe una sola persona en la historia de la humanidad que haya recibido la justa medida de lo que merece, ni bueno ni malo. Entonces es buena idea agradecer siempre la buena fortuna que se te presente en forma de premios, becas, contratos, traducciones, colaboraciones, fiestas, honores, ceremonias, clases, títulos, viajes, empleos, amigos, romances, escapes de laberintos y devolución de impuestos cada año, porque desgraciadamente el tamaño de tu talento no es garantía de nada, así como tampoco lo es tu calidad humana. Hay quienes trabajan sin descanso hasta que se mueren, y no alcanzan «lo que merecen». Otros no hacen gran cosa y lo logran todo. Se llama entropía y no hay reglas del juego. Mejor disfruta tu escritura.

A partir de hoy, será imposible que no se dirijan a ti como escritora: asúmelo. Disfruta las pocas ventajas que poco a poco desaparecen. Puedes ser excéntrica, calcular mal la repartición de la cuenta en las pedas, olvidarte de las referencias que tomas prestadas para tus textos, tener muchos gatos, muchos perros o un par de crías para enseñarles a imitar a Sylvia Plath en el horno cada Noche de Brujas y armar altares muy flamables para el Día de Muertos. Si le hablas a los muertos o lloras al acordarte del destino de Laika hace 50 años, la gente se encogerá de hombros y dirá que eres escritora, así que no esperaban menos de ti. Tus familiares no te pedirán prestado (¿quién eres? ¿tu prima, la nutrióloga fitness con más de 100 videos virales en TikTok que es influencer de sabecuántas marcas que explotan las inseguridades de las mujeres?), prepararán comida extra en Navidad para que lleves a casa, no harán comentarios si olvidaste bañarte otra vez por quedarte leyendo hasta tarde.»

Antes de que pueda descubrir si hay aplausos, lágrimas o risas grabadas, me despierto cuando el gato brinca sobre mi estómago y me sofoca un poco. Mientras intento recuperar la imagen de esa ceremonia de graduación que no tuve, recupero el aliento mientras el animalito a mi costado ronronea hasta caer dormido otra vez.

La pregunta se mantiene al aire: «¿Y ahora qué?».

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.