16/52 Problemas de escritoras

Arriba en el podio, frente a las graduadas de la Licenciatura en Escritora, las rodillas me tiemblan pero logro disimularlo porque llevo un vestido largo, aunque no tanto para que se asomen las Dr. Martens Pascal 1460 color negro mate. Acomodo las hojas de papel y, después de felicitarlas a todas por llegar al final del camino, empiezo:

«Cuando me invitaron a venir acá a hablarles para celebrar su graduación, recordé que una vez estuve en su lugar y, revuelta con la emoción del momento, estaba el pánico a una etapa que me era totalmente desconocida. El “¿y ahora qué?” después de 6 años, que debieron ser 5, de asistir a una universidad que ofrecía una carrera en humanidades a la que apenas le invertía de su presupuesto, ese que cada cuanto había que arrebatarle a la federación, para inyectarlo en todos lados excepto los baños de nuestra licenciatura, los pintarrones de nuestros salones, las butacas chuecas e incómodas, las computadoras de quince años de antigüedad, en reemplazar los proyectores de acetato por otros de cañón, en dar apoyos para sus alumnos y alumnas con mejores calificaciones.

Sin embargo, me hubiera gustado que desde este mismo podio, alguien con más experiencia que nosotras nos contara lo que nos esperaba a partir del día siguiente y durante los siguientes años, a medida que este mundo aumenta su temperatura sin control. Un decálogo de la profesión de escritora, tal vez. Algo para leer todos los días, antes de inevitablemente poner un pie fuera de la cama. Algo así:

  1. Te va a costar ser escritora. Me refiero no solo a la batalla que será encontrar una manera de mantenerte con las letras, sino a tu propia percepción: vas a tardar un rato en identificarte y luego presentarte, sin dudarlo, como escritora ante el espejo y los desconocidos que extiendan la mano en eventos de presentaciones de libros, premiaciones, encuentros y conferencias. Incluso cuando algunas de esas reuniones sean en tu honor. Este apartado no tiene consejos, simplemente creí pertinente asentar un hecho, porque a lo largo del tiempo tú misma vas a aprender a decir en voz alta lo que eres, porque desde que garabateaste tus primeras líneas —allá lejos, cuando cursabas la primaria quizá— comenzaste a ser escritora, no has dejado de serlo.
  2. Les va a costar aceptarte escritora. Otra vez debo aclarar de qué hablo: no estoy pensando en tus familiares o amigos que te verán con un poco de lástima o preocupación por tu futuro financiero (con justa razón esto último, si debo ser honesta). Hablo de los otros escritores, especialmente hombres, porque lo más seguro es que primero te vean como una mujer que tiene mucho o poco de lo que a ellos les gusta, y ya después pondrán atención al mucho o poco talento en tu exploración literaria. Lo mejor es tratar de ignorarlos de vez en cuando, de cualquier manera se distraen fácilmente. Diciéndoles «máster», por ejemplo, los manda directo a la luna.
  3. Existen más escritoras de las que piensas. Ya lo dijo bien Joanna Russ: una de las estrategias para acabar con la escritura de las mujeres es ignorar que esta existe. Funciona para el diablo, ha funcionado para ellos. Por eso es importante preguntar por dos nombres de autoras cuando alguien recomienda a un autor, o hacer una buena búsqueda cuando el organizador de un evento literario declare que «no hay mujeres escritoras» que se dediquen al género que promueve: es la salida más fácil. Por lo tanto, si tú conoces a una escritora que no aparece demasiado en los hilos de lectura de Twitter, es tu responsabilidad mencionarla para que la conozcan más lectores y lectoras.
  4. Las escritoras no somos un grupo de millonarias. En el fondo todas sabemos cómo viviríamos si fuera el caso, pero tristemente casi nunca lo es. Somos creadoras de mundos; muchas serán también destructoras de paradigmas e inventoras de incertidumbres. Vamos a darle miedo a un montón de biegos lesvianos que le huyen a palabras como «coger», «cagar», «condón», «sobaco sin rasurar» o «interrupción voluntaria del embarazo». Nos van a utilizar como banderas para promover sus ventas, asegurar aforos, recursos financieros y likes en redes sociales. Y podremos ser comunistas y estrellas porno, pero nunca millonarias. Mientras más rápido lo abraces, más fácil será el resto de tu vida.
  5. Decidiste ser escritora porque esto es lo que mejor sabes hacer. Claro que existen otros talentos en tu haber. De hecho, algunos de ellos te ayudarán a comer cada día. Pero no nos engañemos diciendo que pudiste también ser doctora, cantante de pop coreano, arquitecta u otra actividad que deja más dinero más rápido porque en el fondo no te satisface y serías, a lo mucho, mediocre. La escritura es lo que te despierta temprano para dedicarle horas antes de todo lo demás, a pesar de si hay crías, mascotas, cuidados, depresión, enfermedad física y crónica, un baño sucio que limpiar o la destrucción del mundo a la vuelta de la esquina. Aunque estés haciendo otra cosa, no dejas de escribir porque esto es lo que haces y esto es lo que eres.
  6. Dicho lo anterior, ábrete oportunidades de aprender algo nuevo relacionado con la literatura, aunque no sea necesariamente escribir. Aprende a utilizar software de edición y diagramación de libros, intenta diseñar portadas, busca asesorías sobre derechos de autor y registro de obra propia, investiga en qué consiste la autopublicación y, si te atreves, todo lo relacionado con los impuestos y temas fiscales de las personas que se dedican a la creación. Cuando encuentres información valiosa, compártela con tus colegas escritoras (es decir: con todas las escritoras).
  7. Te van a hacer creer que algunos contactos valen más que otros. O mejor dicho: no vas a poder huir de las relaciones públicas. Aunque es verdad que algunas personas tendrán mejores conexiones y recursos para desarrollar proyectos, ninguna vale realmente lo suficiente para que le vendas tu alma. Más que elegir tus batallas, elige lo que te haga sentir cómoda con tus decisiones, no importa que otra gente se moleste.
  8. Intentarán convencerte de que las escritoras no pueden crear redes. Esa es una de las grandes mentiras que nos inyectan a las mujeres para curarnos la enfermedad del trabajo colaborativo. Nos hicieron creer que únicamente entre varones existe, y lo hacen ver sucio y resbaladizo para que nosotras desistamos de ejercerlo. Pero lo cierto es que somos buenas para apoyarnos, y a lo largo de tu camino de escritora descubrirás que quienes más se esfuerzan, más buscan estrategias y más tienden la mano son las mujeres: lectoras, escritoras, promotoras, editoras, organizadoras, gestoras. Por supuesto, no somos infalibles, y a veces te equivocarás tú y a veces se equivocará otra escritora; más vale que aprendamos algo de todo esto.
  9. Escucharás historias falsas de otros escritores que se hicieron solos. Eso nunca ha pasado, es una mentira que le gusta vender aquellos que crean negocios paquidérmicos a costa del trabajo de cientos de sus empleados porque no quieren reconocer sus derechos laborales y también a los escritores que en el fondo temen que su trabajo no sea suficiente argumento para el éxito (poco, mucho o nulo) que tienen.
  10. Cuídate de quienes validan a otras escritoras porque eligen temas «que no son femeninos» para su obra. Todos los temas son femeninos porque todos los temas nos tocan. Y si una escritora decide enfocarse en la búsqueda de uno solo, es parte de la construcción del universo que ha decidido crear. A nadie tienes que complacer con tu escritura, excepto a ti misma.

Y, finalmente, añadiré uno al decálogo a pesar de que le romperá el nombre:

11. Nadie se merece nada. La vida es injusta, siempre lo ha sido, y no existe una sola persona en la historia de la humanidad que haya recibido la justa medida de lo que merece, ni bueno ni malo. Entonces es buena idea agradecer siempre la buena fortuna que se te presente en forma de premios, becas, contratos, traducciones, colaboraciones, fiestas, honores, ceremonias, clases, títulos, viajes, empleos, amigos, romances, escapes de laberintos y devolución de impuestos cada año, porque desgraciadamente el tamaño de tu talento no es garantía de nada, así como tampoco lo es tu calidad humana. Hay quienes trabajan sin descanso hasta que se mueren, y no alcanzan «lo que merecen». Otros no hacen gran cosa y lo logran todo. Se llama entropía y no hay reglas del juego. Mejor disfruta tu escritura.

A partir de hoy, será imposible que no se dirijan a ti como escritora: asúmelo. Disfruta las pocas ventajas que poco a poco desaparecen. Puedes ser excéntrica, calcular mal la repartición de la cuenta en las pedas, olvidarte de las referencias que tomas prestadas para tus textos, tener muchos gatos, muchos perros o un par de crías para enseñarles a imitar a Sylvia Plath en el horno cada Noche de Brujas y armar altares muy flamables para el Día de Muertos. Si le hablas a los muertos o lloras al acordarte del destino de Laika hace 50 años, la gente se encogerá de hombros y dirá que eres escritora, así que no esperaban menos de ti. Tus familiares no te pedirán prestado (¿quién eres? ¿tu prima, la nutrióloga fitness con más de 100 videos virales en TikTok que es influencer de sabecuántas marcas que explotan las inseguridades de las mujeres?), prepararán comida extra en Navidad para que lleves a casa, no harán comentarios si olvidaste bañarte otra vez por quedarte leyendo hasta tarde.»

Antes de que pueda descubrir si hay aplausos, lágrimas o risas grabadas, me despierto cuando el gato brinca sobre mi estómago y me sofoca un poco. Mientras intento recuperar la imagen de esa ceremonia de graduación que no tuve, recupero el aliento mientras el animalito a mi costado ronronea hasta caer dormido otra vez.

La pregunta se mantiene al aire: «¿Y ahora qué?».

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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Abril Posas

Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.