17/52 Un poco de control

Cuando murió mi gato Polo, me dijeron que la enfermedad en las vías urinarias que luego le causó una falla renal puede evitarse con oportunidad. Se cambia la dieta, se cuida que el michi no beba agua que no sea purificada y, sobre todo, se evita el estrés.

Porque ahora resulta que los gatos se estresan fácil y por todo: por cambios en la rutina, si hay mudanza, si la señora de la casa se siente ansiosa, si el dueño del edificio lleva dos años remodelando toda la estructura sin descanso. Antes pensaba que con llevarlos por la vacuna, limpiarles el arenero diario, comprarles latas de comida húmeda y acurrucarlos en mis brazos cada vez que lo pidieran era suficiente. Pero después de enterrar a Polo en el jardín de la casa de Gus, comencé a estresarme por la otra criatura: Marco.

Debe ser porque se lo encontraron en un terreno baldío de Santa Margarita, pero Marco siempre fue más cholo y aventurero que Polito. Como buena habitante freelancera no-ingeniera de Santa Tere que estudió Letras en la UdeG, rento un departamento pequeño que no tiene jardín o patio independiente, por lo que desde hace mucho tomé la decisión de dejarle a Marco vagar por las escaleras del edificio. Hasta que los miles de arreglos del casero —ese arquitecto mediocre que no sabe en dónde está la tubería que él mismo diseñó y que a cada rato rompen sus trabajadores al intentar arreglar una fuga totalmente diferente— quitaron la seguridad del vidrio esmerilado de la puerta principal y dejaron desnudos los espacios entre los barrotes, de entre los cuales mi gato emergía a la calle a explorar a medio metro de la ruta del otrora 640 y otros camiones repartidores de tienditas. Casi se me obstruyen las vías urinarias de puro miedo y decidí que este huerfanito —Polo nos dejó huérfanos a los 3, si soy honesta— no pondría pie fuera de la seguridad del hogar.

Hasta que empezaron los gritos. No maullidos: gritos desesperados que, si me fueran ajenos, me harían pensar en maltratos y terror psicológico animal. Confieso que me resistí bastante. La de la autoridad soy yo, al menos porque soy la que compra la arena, las nuevas croquetas y las latas más caras de comida húmeda; porque soy yo la que lava la ropa de cama que pronto se llena de pelos de gato y porque yo soy la que se angustia temiendo por la seguridad de Marco, proveedor de ronroneos y arrumacos felices en invierno.

Ya di una pista de que no aguanté mucho. Un día me enfrasqué en una competencia de alaridos, a ver cuál de los dos se callaba y dejaba hacer al otro. Sentí que me regresaba la colitis. ¿Marco qué estaría sintiendo? ¿Estrés acumulado en la uretra, tapando la salida de su pene extraterrestre lleno de espinas, pidiendo ser libre? «Me vas a matar, como mataste a mi hermano», me diría si se tratara de mi hijo adolescente, al que no dejaría ir a ningún lado sin mi compañía porque a cada rato pasan cosas horribles en el mundo.

No me dolió tanto gastar más dinero en croquetas y menos en cerveza para cuidarle los riñones a mi ya anciano gato (es paciente geriátrico desde que cumplió 7 años; está por llegar a los 8) como cuando elegí un collar y una placa para grabar su nombre y mi teléfono, en caso de que el idiota se pierda. Lo dejo salir desde hace un par de meses, a regañadientes y en mis términos, porque necesito sentir que tengo algo de control: sale del departamento temprano en la mañana y por la tarde (cuando no hace tanto calor), pero no le permito bajar las escaleras para que no vaya directo a que lo atropellen o un perro lo convierta en su muñeco de trapo. En su lugar, brinca a las azoteas de las casas aledañas y se echa en la tierra acumulada en las esquinas pintadas de rojo impermeabilizante. Ahuyenta a otros gatos que quieren acercarse. Persigue pájaros. Se come los saltamontes de la temporada. A veces nada más se queda ahí, en lo fresco de la tarde-noche y mira hacia allá, sabe dónde, bajo las ramas de un ficus que crece salvajemente.

Lo dejo estar allá hasta que él mismo regresa. Mantengo la puerta entreabierta o me hecho mis vueltas para asomarme hasta donde mi vértigo lo permite: lo veo por ahí o allá más lejos, siendo gato. A veces no lo encuentro y me preocupo un poco, por eso aprendí a escuchar el cascabel de su collar, que me avisa que ya viene de regreso o anda saltando de una casa a otra.

Siempre me saluda al entrar al departamento, con un maullido-grito menos angustiante. «Ya llegué, biega mensa» y se tira a mi lado para que le haga cariños, sucio y cansado de hacer cosas de gato cholo, mientras me consuelo con que al menos está otro día conmigo. Con nosotros.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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Abril Posas

Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.