18/52 Por un mechón de cabello

Un 16 de junio, mientras van sentados en el último asiento de un autobús por las calles de Viena, Jesse le pregunta a Celine sobre su primera obsesión sexual. Sin pena, ella decide contestarle con la verdad. Describe con detalle al adolescente que la deslumbró cuando era más joven, y de vez en cuando tiene que mirar hacia la ventana para rescatar esos recuerdos. Jesse les mantiene el paso con una mezcla de curiosidad, asombro y gozo.

Es poco más del minuto 20 y tantos de Antes del amanecer. Comienzo a considerar la posibilidad de acomodarme debajo del edredón y abandonar la reproducción en la pantalla de mi computadora para entregarme al sueño, hasta que uno de los mechones del cabello de Celine le cubre la mitad del rostro y Jesse, como si se tratara de un reflejo involuntario, levanta la mano para correrlo de la misma manera en que se hace con la cortina al asomarnos por una ventana. Pero se detiene a la mitad del aire. Se contiene, pues, y la mano regresa a su posición original.

La película se estrenó en 1995 y estoy segura de que existen cientos de ensayos que giran alrededor de ese único gesto. Quién sabe cuántos estudiantes de cine han repetido el instante, analizándolo, reinterpretándolo y hasta llevándolo a sus últimas consecuencias. Críticos, no lo dudo ni un instante, han basado la mitad de su carrera en el mundo cinematográfico a partir de esa mano que no toca el cabello —aún— y la academia ha de haber organizado cátedras, manuales, conversatorios, exámenes y charlas a partir de ese momento sin consumar. Numerosas tesis al respecto se pudren ahora mismo en un almacén húmedo y abandonado, en una escuela que ya no imparte clases.

Y yo nada más puedo decir que gracias a esos segundos me regresaron las ganas de seguir con la película. Pero antes, le dic clic al botón de pausa un momento para recordar que a mí también me han intentado quitar un mechón de cabello del rostro, como quien corre una cortina al asomarse en una ventana, mientras intento describir algo que deseo traer a la vida con el movimiento de mis manos o la palabra exacta (la palabra exacta, más vale aclararlo, no existe, sólo búsquedas desesperadas, centrífugas incluso). Lo supe ahí mismo no porque haya notado el barrido de los dedos que se escabullen sigilosos, temerosos, sino porque algo —le llamarán electricidad; yo no estoy segura de que sea el término correcto— parecido a un roce que no fue roce se sintió como la anticipación del verdadero roce que debió ocurrir a partir de la punta de los dedos de quien intentó retirarme el mechón de cabello, pero decidió que no lo haría. ¿Es eso crueldad o simple cobardía?

He de confesar que justo ahí entendí por qué a tanta gente le gusta Antes del amanecer. Espero que puedan hacerme un lugar, que no pienso quitarme pronto.

Díganle a Celine que no me vea de esa forma

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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