2/52 ¿Del Toro o Larson?

De dos a tres caídas

Uno de los videos más famosos de Guillermo del Toro es de aquella charla que dio en 2018, que fue parte de una serie de clases en un auditorio lleno, me imagino, de cientos de aspirantes a guionistas, directorxs, diseñadorxs de producción y de vestuario, fotógrafxs, escritorxs que escuchaban de boca de su cineasta mexicano favorito que tienen mucho tiempo aunque a sus 20 y tantos se sientan viejxs, estancadxs, mediocres, que ya no hay oportunidad de hacer algo que valga la pena.

La charla completa está en este link.

Y es un gran consejo, que decidí adoptar a pesar de que cuando lo escuché ya no estaba en mis veintes ni era considerada joven según los estándares de las becas estatales, lo que ayudó a tener un poco de paz mental de vez en cuando.

Hasta que vi Tick, tick… BOOM!, una película que me dio sentimientos encontrados. Para empezar, es un musical y esas cosas a mí no me laten realmente, con sus notables excepciones. No hay nada más inorgánico que un grupo de personas empezando a hacer música con las ollas en perfecta armonía para improvisar una letra sobre ser joven en Nueva York. Sí, claro. Pero dejando el género a un lado, la historia de Jonathan Larson captó mi atención precisamente por la urgencia de hacer algo que valiera la pena, una urgencia que no parecía perseguirlo por una razón aparente. Es decir, no estaba sentenciado con un diagnóstico médico a una muerte prematura de la que tuviera que huir como si se tratara de su propio asesino personal. Sin embargo, se apuraba y se concentraba en el oficio creativo para dejar después la vida personal o social.

A sabiendas de que es una obra de ficción basada en la vida de un escritor de teatro que existió, seguí de cerca la prisa de Larson mientras componía un show unipersonal (antes de Rent)que hablaba de las angustias de ser joven tan cerca de los treinta, sin mucho qué dejar para justificar la existencia. Quizá, a veces, a los que nos dedicamos a esto nos entra la culpabilidad de no haber enfocado nuestros esfuerzos en erradicar enfermedades, acabar con las guerras, dar soluciones más pragmáticas a las dolencias de este mundo. «Miren, no sé nada de enfermería para sus emergencias, pero esta obra restaura el corazón roto. No fui un desperdicio de espacio» o «Al menos mi éxito de ventas le dará de comer a mi familia durante generaciones». Más que dejar una marca, es sentirnos útiles. Y uno de los principales enemigos para lograrlo —además de los pocos fondos que el gobierno da a la cultura, las malas prácticas de las editoriales con sus colaboradorxs y autorxs, lo caro que es producir cualquier objeto u obra artística, los pocos espacios que existen para abrirse camino, el autosabotaje— es el tiempo, porque ese es peor que el dinero: no hay manera de recuperarlo. Olvidémonos de las fechas de entrega. Un día vivido es un día más cerca de la muerte, ya sea dentro de 50 años en una cama tibia y bajo la mirada amorosa de los seres queridos, ya sea dentro de dos semanas debajo de los neumáticos de un camión de cerveza sin frenos, las horas se restan irremediablemente.

Seguramente, si Del Toro le hubiera estado cerca a Larson con la experiencia que tiene ahora, le hubiera dado el mismo consejo que en esa master class. Con suerte, Jonathan se lo agradecería tal y como lo han hecho los seguidores de Guillermo, que acuden a ese momento en YouTube para agarrar fuerzas para el día siguiente. Lo más triste es que de todas maneras el teatrero se hubiera muerto el 25 de enero de 1996, a los 35 años, la noche del ensayo final de Rent, la obra que lo lanzó al reconocimiento mundial y de la que jamás vio su estreno.

Hasta en The Office hicieron su propia versión de la canción más famosa de la obra.

Entonces, ¿le hacemos caso a Del Toro o a Larson? Ni idea.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.