2/52. La visita a la librería

Una de las herencias de mi madre fue una bolsa de mezclilla, que ahora les decimos tote bag, con el logo de las librerías Gandhi. Desde hace mucho ya la regalaban a quienes compraban una nutrida alacena de libros para acomodar en la pila de «por leer», a la vez que se tachaban de la lista de «por comprar».

Mi madre escribía listas y listas de títulos que aparecían en las reseñas de los periódicos y revistas, que se encontraba en los anaqueles de cualquier tienda que tuviera su apartado librero, ya fuera un lugar como Gandhi, Sanborns o Gigante, el súper mercado que ahora se llama Soriana, los puestos de periódicos del centro, las librerías de viejo.

Mi madre era una lectora preocupada más por tener el ejemplar del libro que la edición perfecta. Si hubiera sido millonaria, la historia sería diferente, estoy segura. Sin embargo, nunca pasamos de la clase media-mediana y apenas conoció el dulce gozo de ser dueña de una casa durante algunos años, así que se trataba de leer «como la traiga». Sé que si estuviera viva ahora, fondearía los proyectos de libros gratuitos y hasta comenzaría su propio club de lecturas clandestinas.

En el tiempo que le tocó vivir, Gandhi era la librería en donde prefería pasar horas repasando anaqueles, torres de novedades, esculcando en las partes profundas de los libreros a la búsqueda de esa traducción que ya habían olvidado, o una ganga de esas previas a la destrucción de ejemplares.

Algunas veces iba sola, a veces nos dejaba acompañarla. Y digo «nos» porque no quiero dejar a mis hermanos fuera, pero lo cierto es que no recuerdo excursión multitudinaria, aunque eso podría ser mi culpa. Ya saben: recuerdo mal. Las ocasiones que iba con ella, nos separábamos un rato mientras mi madre se transformaba en zombie lector, escaneando lomos, portadas, preguntando una y otra vez a los encargados si tenían esta o tal novela. Solo la vi actuando igual en otro establecimiento: La Europea, una de las tiendas de licores y latería típicas de Guadalajara. «Disnelylandia», era el apodo.

Porque en este país les gusta centralizar todo, una segunda sucursal de Gandhi (además de la del aeropuerto) tardó en llegar a la ciudad. La primera se asentó sobre Chapultepec, a unas cuadras de Niños Héroes. Luego se cambió a López Cotilla. No me tomen de cierto este recorrido, cuento lo que viví, o lo que creo que viví y nadie debería creerme. Excepto en que siempre sospeché que mi madre recorriendo una Gandhi era el epítome de la libertad.

Mi padre odiaba que ella leyera —ya saben: frágil masculinidad, patriarcado, etcétera. Pero ya lo superó, disfruta de la lectura y sólo le tomó 10 años después de enviudar. Hey, al menos es una prueba de que sí es posible cambiar, ¿cierto?—, así que ir ahí, a gastar dinero, abrir libros, oler sus páginas y el pegamento que une las hojas, relamerse la punta de los dedos para pasar a la siguiente, apretar ejemplares contra el pecho, sentir el peso de varios en sus brazos, tener que elegir entre varios con la crueldad de una reina: bien por ella.

En ese tiempo yo no pedía libros, para ser honesta. De todas formas ahora casi todos están en mi departamento *risa macabra* y disfruto de encontrarme con su firma en la portada de muchos de ellos, a modo de ex libris. Lo que yo deseaba era ir con ella y verla transformarse en una niña deseosa otra vez, con una lista de compras en la mano y la esperanza de poder comprar varios en una sola visita. No sé qué diablos hice con la bolsa de Gandhi, por cierto.

Años después de su muerte, cuando regresaba a esa Gandhi tenía la sensación de que me la toparía en la caja, pagando una pequeña fortuna por una torre de historias (que luego convertirá a PDF y donará a la Pirateca). El tiempo me probó que no iba a suceder, como siempre acostumbra, porque los fantasmas existen únicamente en las heridas abiertas.

Pero el ligero vuelco en el estómago me visitó de nuevo en diciembre pasado, al poner pie en la sucursal y ver la novela que escribí en la pila de editoriales independientes. La herida cedió un poco, otra vez, y juro que vi una pelirroja esconderse detrás de la sección de literatura iberoamericana, como huyendo de mí.

Aunque es posible que haya visto mal.

P.D. ¿Cuándo van a poner pinches ciclopuertos en esa Gandhi, por cierto?

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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