(1/52) 2020: el mejor año de nuestros perros

foto de Jack Chung, tomada de Unsplash

No me gustaría que pensaran que decidí excluir al resto de las mascotas de golpe. En este texto también me imagino a mis gatos, cada vez más mimados y dependientes a mi presencia conforme la vida de freelance arrancó en 2019, los hurones, los pericos, los peces beta, los hámster.

Pero además los hijos, los padres, las parejas que se veían únicamente antes de dormir al finalizar el día, las plantas que descubrieron que sí es posible recibir agua y cuidados con la frecuencia adecuada. Para los proyectos pospuestos, como esos libros arrinconados a la espera de «más tiempo», los pinceles empolvados, los videos de yoga guardados en el perfil de YouTube que finalmente se reprodujeron —y siguieron—, las llamadas largas con los familiares alejados, las reparaciones hogareñas que no eran urgentes pero estaban por convertirse en una catástrofe.

También fue un año en el que aprendimos a manejar el duelo, desde el más pequeño hasta el más devastador, ese que guardamos durante años o que pensamos que no tendríamos que enfrentar porque el trabajo, el tráfico, las tareas, la escuela, las comidas, los trastes y los paseos con el perro nos exigían tener la atención puesta en varias cosas. Algo que notaron muy bien los perros (y lo gatos, los peces beta, los hijos y las plantas) porque de pronto ya no salíamos con el celular en la mano. Porque tomábamos la ruta larga para regresar a casa, y comenzamos a platicar con ellos a media tarde, en medio de un silencio que ya no se pudo llenar con nuestra canción favorita o los diálogos de una serie al fondo.

Se crearon nuevos hilos de comunicación, ¿no es así? Los perros aprendieron otros tonos en la voz, nuevas miradas a la nada dirigidas a un muro desnudo. «A este le pasa algo», «Nunca había callado tanto tiempo esta mujer», «Algo debe estar mal». Entonces se acercaron aún más, pusieron una de sus patas sobre una de nuestras rodillas y ofrecieron una mirada que, no lo habíamos notado, era la que teníamos meses extrañándola, desde el inicio del confinamiento, aunque no podíamos ponerle el nombre: la empatía. «Es que te sientes como siempre me sentí yo», nos dijeron los perros que tenemos en casa. Y luego los gatos que, a pesar de que no siempre puedo asegurarlo, dejaron de juzgar y mejor se acomodaron sobre nuestro regazo, como quien dice «Mira, a mí se me quitaba compartiendo calor contigo. Dame unos minutos y verás».

Las plantas aprendieron a devolvernos ese saludo que desarrollamos al pasar de la sala a la cocina, esa suerte de high five que convertimos en ritual. ¿Los peces beta? Seguro alzan las cejas a modo de reconocimiento, como lo hacen los hommies en la esquina del modelorama al que a veces nos da miedo ir solos después de que anochece (pero que ni nos consideran para un pequeño asalto, han visto nuestros tenis). ¿Los hijos? Piensen en eso ustedes, que ya son padres o madres. Yo estoy felizmente sin progenie.

En fin, este 2020 que quemamos porque nos recordó que no somos más que bolsas de carne molida que fácilmente se descomponen, fue el mejor de nuestros perros y gatos y peces beta. No sé ustedes, pero dudo que muchos tengan el corazón tan de piedra como para regresar a esas largas horas en una oficina a kilómetros de distancia del sillón favorito de la mascota, porque ahí puede dormitar mientras su humano o humana envía un correo electrónico. Será un año que los perritos recordarán toda su vida como la Época Dorada, y ay de los que se atrevan a aniquilarla.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.