22/52 Demasiado tarde

Abril Posas
5 min readJul 15, 2022

Hace poco descargué de la Pirateca Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista, de la poeta Anne Boyer.

Portada de la edición de Sexto Piso del libro Desmorir, de Anne Boyer

Es el tipo de libros que son posibles porque la autora vivió (padeció, sufrió, desmayó y sobrevivió) el cáncer de seno a piel viva, y escritora como es, hizo notas desde el momento del diagnóstico hasta poco después de su remisión.

Es un ensayo, un relato, un recuento de lo que le pasó de frente (por encima, de lado y a través) en los hospitales, las unidades de cuidado intensivo, las salas de quimioterapia, las comunidades en línea creadas por enfermos de cáncer de seno y un homenaje también a otras escritoras que murieron por la enfermedad (es decir: de cáncer de seno, ya fuera por los estragos o por suicidio), más o menos a la misma edad de Boyer: 40 años.

Mientras leía los nombres (Sontag, Lorde, James, Burney, Acker…) fue imposible no pensar en otra escritora con la misma suerte, aunque unos años mayor: mi madre. A ella la diagnosticaron en abril de 2003, le dieron su primera quimio el 21 de mayo de ese año y murió el 25 de julio inmediato, a los 55 años. Aunque nunca publicó nada, Rosa María Posas López tenía un cuaderno en el que registró sus poemas. Todavía no me atrevo a leerlos.

El texto de Anne Boyer puede ser muy incómodo y doloroso, pero también es poderoso. Debe ser porque no usa eufemismos para hablar de lo que es la enfermedad, sino que tiene que buscar en el lenguaje las palabras exactas para describirla:

Fragmento

Al mismo tiempo que arroja datos acerca de los componentes de ese remedio que no se le desea a nadie, que convierte en líquido radiactivo a la orina de sus pacientes. Por alguna razón, lo que no he podido quitarme de la cabeza es a Águeda:

¿Es «Águeda» un nombre adecuado para una gatita?

Cuando mi madre supo que dentro de ella habitaba cáncer de seno metastásico («Sé lo que tengo y sé lo que significa», interrumpió a un doctor del IMSS cuando fuimos a insistir que le aplicaran quimioterapia, plantando una de sus manos en el escritorio y clavándole los ojos para que no dijera más y ni mi hermana ni yo escucháramos la sentencia de muerte. Tardé años en comprender lo que sucedió entonces), se volcó a las gradas de la iglesia cercana a casa entre semana. Nunca me pidió que la acompañara. Cuando me ofrecí a hacerlo aceptó a regañadientes y la vi tratando de ocultar el llanto mientras rezaba. ¿Qué le estaba pidiendo a la nada? No lo sé. Quizá se encomendaba a esta Águeda.

Sin embargo, creo que lo más contundente de este libro, desde mi experiencia lectora (aguas, no quiero aplicar un Felipe Garrido a lo wey), no fue tanto la crítica al sistema de salud gringo (imagínense si hubiera ocurrido acá), lo injusto que es el cáncer de seno (morir o no es una ruleta rusa), lo cansado es que siempre hay un remedio milagroso que funciona hasta que no, lo frustrante que fue para ella leer comentarios en redes sociales en donde se celebraba a «las vencedoras» (las que no, entonces son perdedoras) o hasta dónde se volvía agotador volver a leer que la actitud lo es todo, que lo alópata no sirve (hasta que sirve), que ya todo es de por sí doloroso.

Debe ser porque se me volcó en lo personal. Así pasa cuando leemos: los lentes de la experiencia no se quitan fácil (no debería, no lo creo). Dijo, básicamente: hay muchas historias sobre personas que enferman de cáncer de seno, pero hay muy pocas escritas por ellas.

Otro momento para reafirmar que la vida no tiene sentido mientras la vivimos, sino hasta que la recordamos, con sus omisiones, malentendidos y memorias revueltas, equivocadas, manipuladas o incompletas. En 2003 estaba segura de que mi madre iba a recuperarse, por eso me concentré en aprender a inyectar, los nombres de la medicina, hice tablas con los horarios para cada dosis, preparé de comer. Pero no me concentré en sentarme junto a ella a platicar, dormitar juntas o ver una película; no platicamos de nada en especial, no le pregunté lo que hoy lamento haber guardado para otra ocasión.

Fue mi «voy al rato, voy al rato» de la historia de Rambo de Homero

Una vez, mi abuela me dijo que mamá le dijo que yo era muy buena como enfermera, pero muy mala para darle cariños. Odié a mi Tita por contármelo, sobre todo porque para entonces su hija ya había muerto y no había manera de remediarlo. Pero un montón de cosas ya no tienen remedio y seguimos consiguiendo imágenes cada vez nítidas del universo.

Claro que me hubiera gustado que Rosa María Posas López se aliviara del cáncer de seno metastásico, y que hubiera escrito un libro de poemas al respecto. Uno que quizá tampoco habría leído a estas alturas, porque mejor le estaría haciendo preguntas a cada rato sobre esa etapa ya muy lejana.

El libro de Boyer me hizo ver un par de cosas con mayor detalle. Una que tuve muy cerca hace muchos años, pero pensé realmente que sería pronto una anécdota y, en su lugar, es el páramo al que regreso de vez en cuando a comprobar que el pasto ya no va a regresar y el tronco seco sigue ahí, torcido.

Mi madre tuvo una queja muy parecida a la semana de su primera sesión de quimio

Y otra, que ya había escuchado antes y que olvido muy seguido.

Olvídense del SAT, esta guía es la que importa

En todos los casos: qué es el cáncer, quién es Águeda, quiénes cuentan las historias de las enfermas de cáncer de seno, por qué las migajas en la cama son lo peor, por qué el gobierno no hace una guía para la muerte, en todos tengo el mismo sabor de boca. A pesar de que llegaron, todo eso que aprendí con el libro llegó demasiado tarde.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.