23/52 La rebelión empieza en las cejas

La primera vez que conocí la envidia fue cuando intenté levantar una ceja. Mi madre podía hacerlo, pero no todas las veces que se lo pedía. María Félix creo que podía hacerlo. Algunos hombres comediantes también, tal vez hasta Jack Nicholson, aunque no tiene el mismo efecto, porque si se hace bien, levantar una ceja se convierte en símbolo de intriga, desdén o sex-appeal. Así que podemos ingerir que una no tiene nada de eso, porque cuando quiero levantar una ceja levanto las dos, y de pronto me veo como Milhouse saludando a Nelson, sin darse cuenta del mensaje que le está enviando.

Por fortuna, no he tenido este desenlace por mis cejas torpes

Si le siguiera el juego al mundo entero, podría incluso decir que mis cejas no me sirven de mucho, porque las partes que componen el cuerpo de una mujer deberían provocar, antes que nada —antes que respeto, admiración, conciencia de su mera existencia—, seducción, porque todavía es lo que representa poder, sobre todo cuando lo único que hay de por medio entre el mensaje y el receptor es un video de TikTok.

La acumulación de décadas en la espalda nos permite reconocer cómo cambian los cuerpos, cómo regresa la moda de la ropa y lo que hacemos para adaptarnos a los dictados que nos llegan primero desde el espectacular con la imagen de una mujer inalcanzable, y luego los vemos en la gente que nos rodea. Al final nos atrapa, aunque nos resistamos, y cambiamos los pantalones a la cadera por lo que van a la cintura (los mom jeans eran material de burla hace 10 años; ahora están de vuelta en el clóset), los tenis planos por los de plataforma y las playeras largas por otras recortadas.

Las modas nos recuerdan también que lucir igual que las personas que nos indican las tendencias implica una inversión para renovar el guardarropa, cortarnos el pelo y, claro está, modificar el cuerpo. Quienes tienen dinero y tiempo de sobra (o prioridades curiosas), irán por todo el paquete: la dieta, el ejercicio, la cirugía y los tratamientos. Pero a medida que la posibilidad económica va reduciendo, también debemos decidir a qué le tiramos.

Para la mayoría de las mujeres de mi familia y de mi círculo inmediato lo más drástico que podemos hacerle a nuestro cuerpo es todo lo relacionado con lo capilar: desde probar la depilación del área de bikini con cera hasta un corte extravagante de cabello, con todo y tinte. Luego de la extracción del vello púbico, lo más doloroso consiste en alterar las cejas. ¿Por qué las cejas? Porque está en la cara todo el tiempo y no tiene que ser tan caro. Es como tener bicicleta en lugar de auto: reparar una cámara ponchada es ridículamente más barato que con la llanta de un Tsuru II (de los cuadrados).

Vi a mi hermana mayor, que tenía cejas pobladas sin esfuerzo tal y como los años 80 le pidió que lo hiciera durante su adolescencia, arrancarse pelo por pelo hasta que le quedaron dos líneas finísimas, porque durante mi adolescencia Gwen Stefani nos hizo envidiar sus cejas de personaje de caricatura.

Levante la mano quien ya está escuchando «Don’t speak» o/

Además de que te dejaba la mitad de la cara hinchada, las más osadas decidían arrancarse todos los pelos de las cejas para tener un lienzo nuevo para empezar de nuevo, y así dibujarse dos rayitas hiperfinas todos los días. Las cholas se las tatuaban porque son unas genias. De todas formas, cuando pasaron los años y las cejas no regresaron con la misma frondosidad de antes, Gwen Stefani, mi hermana, las cholas que no se retocaron el tatuaje y un montón de más mujeres tuvieron que hacerse microblading, porque ahora la moda dictaba que las cejas debían ser como en los años 80.

¿Saben qué? Dejemos las cejas en paz. Ya no alteremos su forma, grosor o rebeldía porque alguien dice que tenemos que hacerlo, porque en poco tiempo otro ente allá en otra dimensión nos va a convencer para regresar a lo de antes. Tenemos que conservar algo de rebeldía, creo yo, entre cirugías que alteran la fisonomía de una persona para convertirla en una muñeca inflable viviente, y a veces todo comienza con unas pinzas con las que arrancamos algunos pelillos que le sobran a las cejas, seamos capaces de levantar una o no.

Al menos mantenemos eso: las cejas, que se fruncirán, arquearán y deformarán en variopintas figuras cuando intentemos descifrar cómo iniciar una nueva revuelta. Que la llama inicie arriba de los ojos, ahí cerquita del cerebro.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.