25/52 A la mujer que estaba en GAP hace 15 días

le quiero decir que noté que entró a la tienda por la misma razón que yo: las rebajas. Y que aunque había descuentos del 50 %, nos dimos cuenta de que seguía siendo caro comprar algo, pero decidimos pasear y elegir algunas prendas candidatas para el despilfarro.

Quisiera decirle que sé que a veces nos angustiamos al ir de compras con otras personas, especialmente si se trata de la pareja o los hijos (yo no tengo hijos, pero puedo hacer un ejercicio de empatía si pienso que me acompañan mis sobrinos), porque nos tardamos más de lo habitual en los probadores. No es solamente que nos llevamos 10 artículos con nosotras, sino que los espejos y la iluminación de los cubículos en los que nos desvestimos nos regresan una imagen que nos confunde. Nos vemos todos los días en los espejos de casa y ya estamos habituadas a los ángulos, la luz que entra por la ventana y esa ligerísima distorsión que hace que el rostro se vea torcido hacia un lado. Así que cuando quedamos en ropa interior detrás de una cortina de tela y frente al tubo de halógeno de una tienda, nos cuesta reconocernos.

Yo sé: da como una punzada de tragedia, porque muchas cosas han cambiado y parece que sucedió en cuestión de días, sin aviso. Los muslos, los senos, el vientre, las nalgas son como quizá pensamos que eran hace diez años, cuando las fotografías de aquella época nos demuestran que daríamos mucho más de lo que consideramos gastar en GAP por vernos así de nuevo. Por eso nos tardamos en los probadores, porque posamos de diferentes maneras, levantamos la punta de un pie o sacamos la cadera de cierto modo, para que los pantalones, el vestido o la blusa que nos gustaría comprar se nos vea como lo pensamos en nuestras cabezas.

Cuando todo falla, mientras nos quitamos la ropa ajena, pensamos que si entonces valdrá la pena la privación de la comida, recortar las horas de descanso para hacer ejercicio, cancelar la siguiente reunión con amigos para que la tentación no nos castigue frente a un plato de papas fritas.

Foto de Blake Carpenter en Unsplash

Me gustaría encontrarla otra vez por ahí para acercarme e ir con ella a GAP, sólo nosotras dos, para que me enseñe qué es lo que dejó detrás en el probador y me lo modele. Porque sospecho que le hubiera quedado excelente y favorecería a su sonrisa, al color de su cabello castaño ondulado y el color de sus ojos. Y que en esa ocasión habría tenido que hacer un largo análisis, pero nada más para elegir qué llevarse —porque la tienda sigue siendo muy pinche cara— y que no se le ocurriera decirme, con la misma decepción que le escuché (porque es la misma que he tenido yo) al decirle a su esposo y a sus hijos, que mejor no se lleva nada, que mejor se inscribe a un gimnasio, con esa tristeza de las que nos descubrimos más humanas de lo que recordábamos.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.