3/52 Happy, celestina profesional

Abril Posas
3 min readFeb 2, 2023

Supe que la cosa con Gustavo iba a algo más serio cuando me presentó a su perro. Ya lo había conocido de pasada, una tarde antes de su paseo diario y apenas me hizo caso el peluchito: la aventura lo esperaba allá afuera y yo no era más que un obstáculo para arrojarse al mejor momento del día. «Sí, sí, ya, a la verga»,, me hubiera dicho entonces.

Pero en esta ocasión fue un evento más en formal, porque todavía faltaba para el paseo y estábamos dentro de su casa. «Este es Happy», me anunció su dueño. Me agaché para darle una caricia en su cabeza y presentarle mis respetos. «Hola, Happy, ¿cómo estás?». No me respondió, aunque se dejó tocar y olió mi mano: aroma a gato —dos, de hecho—, nicotina, crema corporal de coco y otra cosa, ¿queso? En ese momento, no sé cómo —no podría compartir una receta de qué hacer o no en instantes de este tipo—, Happy se sentó sobre sus patitas traseras y me dio una gran sonrisa de perro. Me aceptó, al menos por ese día, dentro de sus dominios. Eso abrió la puerta a que regresara después, luego más adelante, hasta que casi cada fin de semana compartíamos el día.

Ahora que mi gato, mi escritorio, mis libros, mi ropa y yo nos mudamos al hogar de Happy, recuerdo ese momento porque sé que si el resultado hubiera sido diferente, viviríamos en otro sitio. Happy, que es el perrito más buena onda que conozco, me ha tenido paciencia en estos años que aprendí a pasearlo, hacerle cariños con los pies cuando vemos la tele una tarde de domingo y fui causa de que engordara gracias a los premios que le doy simplemente porque es imposible no darle algo a su mirada dulce.

Entrar en la vida de alguien más es un proceso que damos por sentado hasta que ya no. En la niñez, lo único que nos unía, como ya explicó Seinfeld, era que nos gustara el mismo refresco, ir a la misma escuela o solamente vivir en la misma calle. El tiempo nos enseña a construir bardas a nuestro alrededor, desarrollamos el miedo a que nos lastimen o a lastimar a otros. Nos da pereza aprendernos los modos de alguien nuevo, su nombre, cómo es su rostro. A veces pienso que sería más sencillo convertirme en una mujer recluida en su habitación, apenas respondiendo mensajes, sin reaccionar a las publicaciones en redes sociales de otras personas que no parecen dormir siquiera. Convertirme en un árbol al que se suba mi gato cuando quiera calor para dormir, una caricia o despertarme para que le sirva de comer. Fundirme entre las sábanas para siempre.

Pero siempre llega una persona, ¿cierto? Alguien que te recuerda que hay algo maravilloso en otra gente. En una misma, incluso. Habría que convencerle entonces de que nos abra la puerta, que quiera cruzar nuestro umbral también, que vea lo que vemos con y sin lentes. «Esta es mi miopía», diríamos si fuéramos más valientes. «Aquí es donde vengo a llorar», etc. La estrategia, entonces, es buscar un intermediario que haga dos cosas: nos ayude a juzgar la pertinencia de la presencia ajena y que nos ayude a romper el hielo. Mis gatos han hecho ambas cosas. Toda la gente que quiero y que ha estado en mi casa ya fueron sillones de Marco y Polo.

Me gusta pensar que nuestras mascotas ayudaron a Gus a quitarle la tranca a su puerta, y a mí a bajar la guardia. Fueron las celestinas perfectas para esta pareja millennial que ya sobrevivió una pandemia.

Happy, en modo peluche.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.