(3/52) La Tierra es azul y no hay nada que pueda hacer

Imagen de la Tierra desde el espacio
Photo by NASA on Unsplash

A pesar de que es uno de los procesos más naturales que conocemos, la muerte no es fácil de asimilar. Ni siquiera cuando somos testigos del deterioro de una persona que se marchita en una cama de hospital. Pero a medida que nos acostumbramos a este proceso que apenas hemos aprendido a posponer, lo cierto es que lo complicado de ella no tiene nada qué ver con las despedidas, las contorsiones del cuerpo que se congela en un gesto incomprensible o los trámites que le recuerdan a la humanidad que, a pesar de todas las buenas intenciones, logramos poner trabas burocráticas incluso al duelo y solo por eso merecemos las calamidades que nos inundan.

El verdadero insulto comienza con el segundo acto, el más largo de esta tragicomedia absurda.

Lo comenzamos a percibir cuando, después de un pésame sincero en una publicación, el mismo autor comparte que sus planes laborales siguen tal como lo había dicho un día antes. Hay una pequeña punzada en el costado si, por error, un partido político convoca una rueda de prensa en la que anunciará su nuevo plan para las próximas elecciones, así, como si nada. Los periódicos continúan creando contenido sobre la vida de un puñado de celebridades que, de pronto, son tan grises, monótonas y tan normales que no brillan más que los vecinos de enfrente mientras lavan, otra vez y vaya a saber diositopanda por qué diablos, la camioneta de los paseos familiares.

Alguien más tiene la audacia de nacer apenas unas horas después de que nuestro ser querido fue sepultado. ¡En la misma ciudad, ni más ni menos! ¿Es que esperaba que se desocupara un poco de espacio para llegar a invadir el hueco recién inaugurado por la falta de vida que nos destruye un poco?

Dan ganas de acercarte a ese imbécil que espera el camión en la esquina para ir a trabajar, acomodándose el cubrebocas por décima vez en un minuto, y decirle «No, no, espera, no tienes que ir a ningún lado, ¿no lo sabes? La vida es finita. Hoy me lo recordó la muerte de alguien a quien quise mucho» con la esperanza de que te mire a los ojos y se ponga a llorar contigo, destape una caguama que comprarán en la tienda de la esquina y que beberán ahí mismo. Eso sí, con su sana distancia.

Pero no lo hacemos porque nos enseñaron que, por desgracia, la vida sigue. Seguramente el caguamero de banqueta hipotético ya pasó por lo mismo y tuvo que mirarnos, desde el llano que construyó su propia tristeza, riéndonos ante las monadas de un par de gatos paticortos que alguien editó en un video de YouTube, sin interrumpir a nadie.

Lo curioso es que ya sabemos que todos nos vamos a morir y los años ayudan a que lo aceptemos con algo de dignidad callada, apenas apretando los dientes para amortiguar el ruido de los pedazos del corazón que se nos rompe.

Aun así, nadie tiene tanto coraje para permitir el transcurso del mundo sin aprender a odiar, un poco más en cada ocasión, que las cosas sigan sucediéndole a todos los otros. Que repiten, puedo jurarlo, en voz alta y casi con una sonrisa, una y otra vez, que la Tierra no deja de dar vueltas a pesar de que algunos queremos que pare y aguante el aire con nosotros, quizá esperando (o temiendo) que el sentido de lo que nos queda se nos revele otra vez, porque hoy lo perdimos para siempre. Es decir, de nuevo, y quién sabe cuánto tardaremos en recuperarlo.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.