(4/52) Odiar también es humano

Palabra de Seinfeld *suena el bajo*.

Una de las principales reglas al momento de escribir una historia es que, al crear personajes, se debe ver el mundo desde su perspectiva. No importa si será un antagonista o la heroína: quien escribe conoce su historia completa, la que en muchas ocasiones no se contará en el relato principal, y por lo tanto sabe por qué hace, piensa y dice lo que sí se narra.

Empatía, pues.

La empatía, esa cualidad que es menos humana de lo que nos han hecho creer, y que es la bandera de esos iluminados que nos han enseñado un formato en Twitter que adoptamos a fuerza de repetición: la sentencia. Ellos definen las catástrofes, nos explican sin necesidad de un segundo tuit lo que sentimos y lo que deberíamos sentir. Nos recuerdan que todos estamos rotos, que necesitamos terapia aunque no indican en dónde se consigue una a un precio adecuado a los sueldos raquíticos.

Mientras deslizo los pulgares por el newsfeed, leo las noticias y las cifras, que van en aumento siempre, sobre todo si se trata de algo catastrófico. Sigo esperando a que un periódico diga que los muertos por la covid-19 son muchísimo menos que lo ya comunicado; que las fiestas sin medidas sanitarias nunca sucedieron; que no es verdad que hay diez mujeres que mueren cada día en nuestro país.

Y entonces entiendo a ese ejército de bienpensantes y bienintencionados, que miró con desaprobación los chistes y los memes cuando otro presidente que no le dio importancia al bicho resultó positivo, por ejemplo. Es que ellos saben lo que en verdad está pasando, me digo destapando otra cerveza en el cuarto día consecutivo sin tomar una ducha, ellos tienen tiempo, energía y cabeza helada para ver todo en su justa proporción, porque ya les dieron las buenas nuevas por adelantado.

Pero entonces a los demás no nos llegan esas buenas noticias.

Los muertos siguen bajo tierra, el meteorito no da señales de aparecer en la proximidad de nuestro planeta, mi primer gato no va a regresar jamás, mi ex seguirá mintiendo sobre el nombre de una de sus bandas, no volveré a tener oportunidad de invertir en bitcoin. El presidente sigue siendo machista, mocho y mula. El mismo automovilista de siempre amenazará con atropellar a los ciclistas que se encuentre a su camino. Durante el paseo al perro te vas a encontrar con la misma vecina que insiste en pasear al suyo sin correa, a pesar de que en cuanto te ve corre hacia ti con las fauces listas para destruirte. Mis amigos seguirán siendo amigos de quien alguna vez me violentó (y a otras): no importa quién ni cuándo leas esto.

Así que me llega la epifanía: eso de ponerse en los zapatos del otro es una acción que no se realiza por acto reflejo. Es imposible. Tal vez es porque somos una gran masa de simios que seguimos enojándonos cuando tenemos hambre o sintiendo miedo si la luz se va de pronto una noche de martes. Somos capaces de proteger a un niño desconocido si lo vemos llorar en medio del pasillo de leche en el supermercado, pero en las películas no tenemos broncas en intercambiar la vida de la mascota por la del benjamín del protagonista. ¿Saben por qué no veo películas sobre perritos? Porque si les pasa algo malo en la trama estaré devastada durante semanas. ¿La decisión de Sophie? Pfff: equis.

Le voy a echar la culpa a Fran Lebowitz. O a Eleaine Benes. O, más bien, a esa horda de santurrones que pidieron cordura cuando el karma por fin alcanzó a un político. ¿Saben por qué? Porque Norberto Rivera ya fue desentubado y cientos de otras miles de personas no volvieron a ver a sus familias ni alcanzaron a despedirse de nadie. ¿Desde cuándo un encubridor de pedófilos merece vivir sobre un médico que atendió a enfermos?

Ah.

Odiar también es humano. Y a veces tenemos que sentir esa descarga por la espina dorsal, escupir el veneno en forma de gotas de saliva, lágrimas, sudor o un chiste idiota en tuiter. No, esto no es apología del discurso de odio: todos sabemos que eso se trata de otra cosa, que es meditado, que se construye a partir de datos manipulados de forma maliciosa y cargada de prejuicios.

Hablo de la primera reacción que nos traba la quijada mientras balbuceamos esa gran cita de Moe: «¡Ayggghhh, me ahogo con mi propia rabia!».

Moe, professional hater.

Quizá es lo que también nos recuerda dónde tenemos los límites, lo que nos duele, lo que esperamos que no lastime a otros. Que se vayan a la chingada los demás, básicamente.

Odiar todo el tiempo es cansado. Cuesta mantener la hoguera ardiendo, y el tiempo, como con el amor (y la tristeza, el miedo, los edificios y las nalgas de Dua Lipa), se encargará de disolverlo. Otra señal de que debería tomarse como lo que es: la reacción inmediata que tenemos derecho a probar y luego debemos exorcisar. Aunque el «sensato» de las redes sociales no nos dé permiso.

Es más, Clarice Lispector lo explica mucho mejor en «Es necesario también no perdonar», compilado en su Revelación de un mundo (Andrea Hidalgo, 2004):

Hay un momento en que se debe olvidar la propia comprensión humana y tomar partido, aun equivocándonos, por la víctima, y un partido, aun equivocándonos, contra el enemigo. Y volverse primario al grado de dividir a las personas en buenas y malas. El momento de supervivencia es aquel en que la crueldad de quien es la víctima se ejerce, la crueldad y la rebelión. Y no comprender a los otros es lo que corresponde.

Y si no le creen a ella, entonces no me importa a quién sí.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.