(5/52) Vámonos a los 80.

Lo malo de leer noticias es que la ignorancia, esa que a veces sí es bendición, se desvanece y le da lugar a la castrosa realidad. A la verdad que ya no podemos obviar. Esa suerte de Lisa Simpson, como la definió Flanders: la respuesta a una pregunta que nunca hizo nadie.

También nosotros nos quedamos de a seis a veces, Bart.

Y entre las varias que a cada rato nos hace el favor de compartirnos las redes sociales, me topé con una que, francamente, me dio depresión de la culera: gracias a la pandemia, la participación laboral de las mujeres está en el mismo sitio que en 1980. O como dijo Reshma Saujani, CEO de Girls Who Code:

Nos tomó 9 meses perder casi 30 años de progreso

o también: el peor embarazo de la historia.

Por supuesto, Saujani se refiere a datos de Estados Unidos. Así que, bueno, supongo que acá no quiere decir que estamos mejor que ellos. ¿Qué hace una con esa información, justo ahora? Es decir, claro, podemos empezar a pedirle a las instancias competentes (?) que busquen maneras de luchar con este problemón que se nos está viniendo encima. De ahí en fuera, no queda mucho más que se pueda, tomando en cuenta que los asuntos de género en este país —en todos los países— no son precisamente la clave de la agenda.

Estaba pensando que, entonces, más nos vale actuar acorde a las circunstancias. Ya saben: hacer esa vuelta en «u» como debe ser e instalarnos en los ochenta otra vez. Ojalá pudiera hacerse como en las historias de ciencia ficción, que el viaje en el tiempo fuera real y entonces yo sería una bebé cachetona que no sabe hablar, con caca en el pañal, saliva goteando de la barbilla, incapaz de levantar un vaso con sus propias manos: mucho mejor que como me siento ahora, cargada de trabajo pero sin sueldo acorde, dominada por sus gatos, convirtiéndome en Tráfico ZMG minuto a minuto a punto de delatar en redes las fiestas de los vecinos o los cholos que no me dan confianza.

¿Desde cuándo Tráfico ZMG tiene a una señora copetona de Providencia como CM?

Así que propongo vivir como en los ochenta. Antes de que llegaran los nuevos pesos, desaparecieran las monedas de $1000 con la imagen de Sor Juana o los billetes de $10,000. Cuando eso del celular era una moda de fantoches que nadie quería contactar con tanta urgencia como para llevar un pinche radio como los del ejército a todos lados. O sea, cuando no era otra herramienta de esclavitud laboral.

Vámonos a los ochenta del siglo pasado, cuando hasta la ropa de niñas tenía hombreras. Cuando el acoso sexual en televisión también se transmitía en horario familiar, cortesía de Raúl Velasco. Cuando los edificios de más de 10 pisos eran una locura siquiera imaginarlos, ora más construirlos. Cuando los equipos de sonido eran un mueble por sí mismos y asemejaban más a una computadora de súper malvado que a un radio con demasiados botones.

Al menos todavía existen los helados Bing y Danessa 33; la casa de los abuelos todavía no es siniestra porque no nos han contado las verdaderas historias que convirtieron al matrimonio de los padres de nuestros padres en una de horror y tristeza; nuestra madre sigue viva; no hemos conocido lo que es perder a la mascota favorita; ni nos hemos enamorado como idiotas de otro idiota.

Pero el chiste es que solo regresemos a lo bueno, ¿eh?, a lo divertido, a lo que desde hoy recordamos con gusto y buen sabor de boca. No se vale nada de eso de que la crisis con De la Madrid, ni el terremoto del 85, ni las Malvinas, ni la Perestroika (solo si se trata de los zapatos de Canadá), ni que la situación laboral de las mujeres sea 30 años peor que ahora.

Maldita sea.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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