(6/52) Amor recuperado

Es verdad que las fotografías de la infancia, la ropa de la juventud de nuestras madres, los discos de los años mozos de los tíos y las decoraciones de la casa de la abuela son, hasta ahora, lo que mejor hemos utilizado como una máquina del tiempo. Lo malo es que solamente funciona para el pasado. Aunque algunos de esos objetos vuelvan a ponerse de moda, todos sabemos que no es lo mismo. Lo supieron las tías cuando nos vieron usar pantalones acampanados en los 90 y lo sabemos nosotras —las nuevas tías— al verlas con sus faldas de tablones y mocasines chunkies: parecido, mas no igual.

Never forget.

Sin embargo, ahora que pienso en la ropa que hubiera querido heredarle a mi madre, también me acuerdo de sus libros, tan variopintos como los estilos que usó durante su vida, porque podría decir que fueron una premonición de mis lecturas. De niña, la biblioteca de mi madre era una cantidad abrumadora de ejemplares, sobre todo porque solo sabía contar hasta 20 y esos eran apenas la mitad del primer estante del primer librero del primer muro del estudio.

A medida que empecé a hurgar en los títulos —algunos recomendados por mi madre, otros porque me gustaba la portada. Entonces no tenía bagaje para decidirme por autores o temáticas— también pasaron los años. Y antes de que me diera cuenta, mi madre había muerto y estaba empacando, de nuevo, su herencia lectora para llevármela contigo a otro departamento donde no subieran tanto la renta.

Ahí es cuando una se da cuenta de que los libros que ignoré de niña se convertían en tesoros descubiertos. O que la novela que acaba de comprar con la quincena ya estaba entre las de mamá, en una edición más vieja. Descubrí que, la primera vez que me puse a contar de 20 en 20 sus libros también le eché un vistazo a las horas que dedicaría a otros autores. Uno de ellos, Stefan Zweig.

A él le puse atención porque un ex novio lo idolatraba. Ese era de los que compraba libros caros para acomodarlos entre el otro montón de libros caros, pero nunca tenía dinero para uno de los hijos que ya tenía. Chulada. Y un día encontré ese apellido tan raro en los libreros de casa: era la biografía de María Antonieta, en una edición horrible, con papel blanquísimo, casi transparente, y una portada horrenda. La devoré en una semana y, además de darme otro filtro para ver la historia de esa adolescente convertida en villana, inició mi idilio con Stefan, uno más nutritivo y largo que el que tuve con mi ex.

Foto de Steve Carrell como Michael Scott, de la serie The Office
Foto de Steve Carrell como Michael Scott, de la serie The Office
(That’s what she said)

Con todo y que era una edición, ya dije, horrenda, quise mucho a esa biografía de María Antonieta —la recomiendo antes de ver la película de Sophia Coppola, que retoma algunos argumentos que ahí menciona Zweig sobre su vida—, tanto que se la presté a mi hermana. No recuerdo si la leyó, solo que la extravió. Y a partir de ahí empecé a buscarla cada vez que tenía oportunidad, solo para que tuviera la de Acantilado como premio de consolación. Sí, hermosa, pero cara como la chingada y, además, con traducción de España: no sé si vale tanto la pena, pensaba cada vez que la tenía enfrente.

Hasta hoy, Día de San Valentín, que fui a comprarle una bolsa de sus dulces favoritos a Mi Chico Provi Favorito. Un señor, junto a la tienda, vendía libros usados. Me acerqué por uno de Toscana, pero casi grito cuando la vi:

Portada de la biografía de María Antonieta de Stefan Zweig. Edición de Editores Mexicanos Unidos.
Portada de la biografía de María Antonieta de Stefan Zweig. Edición de Editores Mexicanos Unidos.
¿Cómo te va, mi amor? ¿Có-mo-te-va?

Pagué los dulces con la tarjeta, me monté en Mayonesa (mi bici), le puse pasión y llegué al banco para sacar apenas lo necesario para comprarla (saqué $100, porque soy mujer de fe); remonté Mayonesa, me apoderé de un carril, se me atravesó un anciano pendejo que me echó la camioneta y me recriminó la audacia de moverme en algo que no sea motorizado, le enseñé el dedo, me lo enseñó a mí, dio vuelta en una esquina, volví a la calle de la dulcería, los autos estacionados me lo ocultaron, me pasé unas cuadras, tuve que regresar (sin meterme en sentido contrario, porque seré ciclista pero tengo urbanidad), de nuevo agarré la calle correcta, me fijé bien, encontré al señor de los libros, frené y lo tomé de inmediato. Me sobraron $20.

Y fue como ir atrás en el tiempo, recordar que ya lo había visto, que lo conocí por mi mamá y desde que se fue lo estuve buscando. Fue recuperar un amor viejito.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.