6/52 Ficción no es lo mismo que mentira

Abril Posas
10 min readMar 26, 2023
Foto de Alice Hampson en Unsplash

Hace algunos años, un amigo mío que también escribe, me contó que una vez, después de la presentación de la novela de alguien más, una asistente se decepcionó cuando supo que la historia de ese libro no era real. Dijo que ella sólo leía libros históricos, porque le gustaba leer sobre la realidad y asuntos verdaderos. Nos reímos un poco con esa anécdota porque nos parece gracioso que alguien vaya al cine o lea un libro con la esperanza de que todo lo que está ahí haya ocurrido tal y como se narra, y que a pesar de haber disfrutado la obra, se enoje con la directora o la autora porque le mintió todo el tiempo que invirtió en los personajes. «Pero, ¿cómo? ¿no es práctica común que los habitantes de Los Ángeles empiecen a cantar sobre sus autos cuando están atrapados en el tráfico, como en Lala Land?» o «¿Es mentira que un niño tenía a Hitler de amigo imaginario como en JoJo Rabbit? ¡Qué embuste, qué engaño, maldito crimen!», diría seguramente.

La verdad que hay en las historias es, quizá, uno de esos conceptos que nos cuesta más trabajo entender y explicar, como lectoras o escritoras, maestras o libreras. Si alguien llega a la librería y pregunta por libros que tratan sobre hechos reales, lo más seguro es que se le señale el mueble en donde están los títulos históricos o sobre la vida de alguien que sabemos que existió. Todo lo demás, aparentemente, son mentiras descaradas. No es cierto que un Aureliano Buendía vivió en Macondo o que, como dijo Elena Garro, la culpa haya sido de los tlaxcaltecas, y eso es un acuerdo tácito que se crea entre la escritora y su lectora. «Esto aquí es mentira, ¿eh?» debería aparecer en un cintillo en la portada, para que personas como la de la anécdota que les acabo de contar no pueda reclamar a la editorial por tratar de engañarla con ese tipo de tretas.

Sin embargo, no es tan simple.

La verdad en los libros, cualquier libro, depende de muchas cosas y se identifica de muchísimas maneras. Un libro de matemáticas es verdadero porque nos explica cómo se resuelven ecuaciones y cómo se calcula rápidamente el área de una casa, y siempre se hará del mismo modo, aquí o en otro lado del mundo. Textos como Álgebra de Baldor causan pesadillas no porque crean monstruos o escenarios catastróficos, sino porque nos fuerzan a una verdad que no nos gusta de tan complicada. Pero cuando hablamos de un libro de historia, por ejemplo, suponemos que lo que está ahí es exactamente como sucedió y que es la manera en que deberemos contarlo de ahora en adelante. Aquí es donde la expectativa de la mujer que quiere historias verdaderas encuentra un agujero en su lógica, y donde el asunto de qué es verdad y qué es ficción se mezclan.

Por ejemplo, hoy estamos aquí. Ya pasan de las 6 de la tarde, es viernes, con las vacaciones tan cerca que, tal vez, muchas aquí se preguntan por qué seguimos en la escuela y no estamos ya afuera, siendo felices. Todo esto está ocurriendo y ustedes me escuchan y alguien allá atrás está enviándose mensajes con alguien o compartiendo TikToks, y si nos preguntan mañana si esto fue verdad vamos a decir que sí, porque fuimos testigos. Ahora, si mañana piden que se haga un recuento o crónica de este momento a cada una de las que estamos aquí, estoy segura de no vamos a contar la misma historia. ¿Por qué? Porque incluso cuando estamos hablando de un suceso real y verdadero, utilizamos un poco de ficción para contarlo.

La ficción es una herramienta que permite ordenar el mundo, cualquier mundo. Es de donde tomamos los elementos con los que construimos, sin darnos cuenta muchas veces, la estructura de una noticia: qué pasó, dónde pasó, a quién le pasó, cuándo pasó, cómo pasó. Y que también desmenuzamos cuando le platicamos a alguien un chisme: lo que sabemos, quién nos lo contó, por qué nos lo contó, dónde lo contó, quiénes están involucrados, etc. En la cabeza ordenamos los acontecimientos para darles sentido, cronológico, por ejemplo. Mientras está pasando algo es difícil aterrizarlo y que los demás nos entiendan: todo pasa, al mismo tiempo, en todos lados. Pero con los elementos de la ficción lo analizamos mejor y lo dividimos en el tiempo, en el espacio y con sus actores. Gracias a eso podemos encontrar la relación de causa y efecto en la historia de un país o el romance en el k-drama que nos tiene atadas a la pantalla de la computadora.

Tengo dos definiciones sobre la ficción que siempre llevo conmigo. La primera es del escritor Julian Barnes, y dice:

Los libros dicen: ella hizo esto por esto. La vida dice: ella hizo esto. Los libros es donde las cosas se explican a ti; la vida es donde no. No me sorprende que la gente prefiera los libros.

Otra es de uno de mis personajes favoritos de la televisión, Abed Nadir, de Community. En el capítulo 1 de la segunda temporada, le dice a otro de los protagonistas:

Puedo distinguir la vida de la televisión, Jeff. La televisión tiene sentido, tiene estructura, lógica, reglas y hombres protagonistas con los que nos podemos identificar. En la vida, tenemos esto. Te tenemos… a ti.

Esa estructura, reglas y lógica en los personajes con los que podemos identificarnos de la ficción la utilizamos siempre porque, aunque no lo hacemos de forma consciente, vamos a tomar lo que nos conviene contar de la historia o el suceso histórico, según el objetivo que queremos alcanzar: si queremos que se pongan de nuestro lado tal vez omitiremos ciertos giros para que quedemos como las heroínas, las que merecen venganza. Y entonces ahí ya jugamos con los límites entre la verdad y la ficción. Pero fíjense que no digo que el enfrentamiento es entre la verdad y la mentira, porque que un libro de ficción no trata con mentiras, sino con verdades que cumplen con un propósito narrativo. No importa el género, cada pieza de la historia surge de una verdad. La ciencia ficción o la literatura fantástica, que sí son un gran ejercicio de imaginación porque crea algo que no existe — o todavía no existe — , son posibles porque tenemos este mundo y realidad de referencia. Por eso pensamos en autos que vuelan, porque los que ya están aquí no lo hacen aún. O imaginamos un futuro porque miramos un poco hacia atrás y vamos más lejos, más fuerte y peor. Margaret Atwood lo hizo con El cuento de la criada, retomando situaciones de violencia, represión y discriminación que las mujeres ya experimentaron en diferentes países y épocas, las mezcló y se atrevió a imaginar un mundo que, pareciera, es el que no estamos exentas de tener si bajamos la guardia. Curiosamente, gracias a historias así es que las lectoras nos imaginamos un poco de esperanza, ante la posibilidad y la frase de «No dejes a los bastardos te hagan polvo».

Svetlana Alexiévich, quien se ganó el Nobel de literatura en 2015, es más cruda. Con sus libros Voces de Chérnobyl y La guerra no tiene rostro de mujer, se dedicó a recoger testimonios de, en el primero, sobrevivientes e involucrados en el desastre nuclear de 1985 en la planta de Chernóbyl y que inspiró una mini serie de HBO que, si no han visto, les recomiendo que busquen, no sin antes leerse el libro. En el segundo, recopiló las voces de las mujeres que vivieron la Segunda Guerra Mundial en el Ejército Rojo (de Rusia), para recordar que la visión femenina era necesaria para tener un registro más redondo de ese capítulo de Europa. ¿Cuál es el trabajo de la ficción aquí, entonces? Tiene que ver con la manera en que la escritora eligió los testimonios, cómo los ordenó y cómo los presentó a los lectores, porque fue necesario crear ese orden del que hablaba Barnes: ella hizo esto por esta razón.

Lo mismo que ocurre cuando vemos un documental en Netflix, que retoma imágenes y videos de noticieros para contar un caso, por ejemplo, de asesinos seriales. Quien hace el documental toma un punto de vista particular, porque de otra manera es imposible organizar la narrativa del o los crímenes para que las espectadoras lo entendamos. Incluso se toma una perspectiva política o social, porque a veces existe la oportunidad de darle una distinta, que en su tiempo fue ignorada. La ficción y sus herramientas ayudan a hacerlo también. Si no me creen vean El estrangulador de Yorkshire, o El asesino y las mujeres o Lorena (ese está en Prime), para que se entienda mejor a qué me refiero.

Y luego está el vicio favorito de cualquier escritora o creadora que ha existido y seguirá existiendo: tomar prestado de la vida real para darle profundidad a los personajes o encontrar el pretexto, la semilla de donde nace un cuento. En ese aspecto sí es válido decir que cualquier creadora tiene una compulsión por robar lo que no le pertenece para agregarlo a la lista de ingredientes que amasará durante un rato para su propio pan, que se convertirá en un texto, un libro, una antología. Y no es necesariamente una obligación explicarle a los demás qué es cierto y qué no, porque todas las palabras que están ahí, que ahora mismo leen, cantan o escuchan en la película son ciertas: existen cada vez que alguien las lee o a pesar de que le den skip en el reproductor. Es decir, solo porque no haya escuchado hoy a Taylor Swift decir que tiene esta cosa en la que envejece sin volverse más sabia no significa que no exista una verdad de la que me estoy perdiendo, sobre todo porque para millones de personas es, realmente, una verdad que cantan cada vez que tienen oportunidad.

La verdad en una novela no será tan cierta para una lectora en particular que para otra, pero existe y la ficción ayuda a que llegue a más personas. No es que sea la única finalidad de la ficción, sino que es un vehículo muy efectivo y eficiente para este tipo de misiones.

Yo lo aprendí cuando empecé a poner atención a las historias que me contaban mis padres de su época de juventud. Esas anécdotas que cuentan hasta el cansancio en todas las reuniones y que las hijas ya nos aprendimos de memoria y hasta nos aburren, porque sabemos exactamente cuál será el giro que le darán, la frase con la que cierran y la conclusión a la que van a llegar. Ya saben, la reflexión final. Un día, quién sabe por qué, la vamos a escuchar con un tono distinto, y será como si la escucháramos por primera vez. Y entonces, ÉNTRALE, la tomamos, la desmenuzamos, la recortamos, tiramos lo que no nos sirve y la convertimos en un cuento. Elena, la historia de una mujer que mata a su esposo, que está en el libro El triunfo de la memoria es real. Pero no es cierto que la narradora le dio su auto para huir. Para eso sirve la ficción, también, para crear el final que nos hubiera gustado más y en ese instante ya no interesa tanto qué es la invención y qué se queda igual que el hecho que sí pasó, es cosa de otro territorio y para otros fines.

Muchos rasgos de los personajes que hice para la novela Esto no es una canción de amor provienen de mi familia, mis amigos, de mí misma. ¿Pero eso quiere decir que es una historia autobiográfica? Nah, porque mi protagonista es mucho más valiente que yo en un montón de cosas y aprende más rápido que yo. Así que es ficción, aunque tampoco es mentira.

La escritora Edith Wharton, la primera mujer en ganar el premio Pulitzer, publicó un libro muy bonito acerca del oficio de la escritura. Se llama Escribir ficción y lo edita Páginas de espuma, una casa editorial enfocada en cuento. En uno de los capítulos de este ensayo, Wharton resalta que existía — o existe — la afirmación de que:

el novelista que fuera capaz de crear un grupo determinado de personas, o retratar unas condiciones específicas, era porque se identificaba con ellas. Lo cual es una manera muy retorcida de expresar que un artista tiene que tener imaginación. La principal diferencia entre la simple afinidad y la imaginación creativa es que esta última tiene dos caras y combina el poder de penetrar en otras mentes con la capacidad de detenerse a una distancia suficiente para ver más allá de ellas y, así, relacionarlas con esa materia de la que está hecha la vida, que es de donde emergen, aunque solo sea en parte.

Robarle a la vida real para crear una de ficción es un proceso que no se toma a la ligera. Se necesita aprender a separarse del hecho en cuestión para quitarnos el peso que los dramas personales nos cargan en los hombros. Es claro que cada quien es la protagonista de su propia vida, y que en ese entendido, el mundo gira alrededor de nosotras. Los demás son nuestros antagonistas o personajes secundarios de apoyo; todo lo que ocurre nos afecta: nos frena, nos impulsa, nos lastima, nos empodera. En la película que tenemos de nuestra historia, somos las que tenemos que vencer los obstáculos, así que no solemos poner atención al obstáculo que somos para otra protagonista de su propia historia, y terminamos siendo aburridísimas y unidimensionales y demasiado perfectas quizá y completamente equivocadas porque estamos un poco miopes cuando nos vemos mientras la vida nos está pasando.

Por eso es más fácil ver la de otra persona y señalar sin problemas en dónde se equivoca o cuál debería ser la solución a su problema: porque no nos afecta directamente y lo vemos a la distancia, casi fríamente. Esa es la manera en que la artimaña de trasladar lo verdadero a la ficción funciona.

Cuando no podemos, se nota, y es el riesgo de no ponernos en los zapatos de nuestro antagonista para entender por qué nos quiere hacer la vida imposible. No podemos convertirnos en personaje si no aceptamos las razones por las que a veces somos antiheroínas, villanas, verdugas, culeras, incluso.

Y ahí yace la verdad de la ficción: ordenamos la historia pero no ocultamos lo podrido. Para eso hay que ser valientes, porque el día de mañana alguien llegará y nos dirá que ese personaje cruel, criminal, calculador y sin remordimiento tiene que estar basado en nosotras mismas, ¿porque de qué otra manera logramos retratarlo tan bien en un texto? Ese es el truco.

Supongo que si pudiera ir a esa presentación de la que me habló mi amigo, y la mujer aquella preguntara si la novela de la que hablaban era una historia real, le diría que sí lo es, porque toda ficción tiene su propia verdad, nada más es cuestión de encontrarla en sus líneas, por muy extraño que nos suene.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.