6/52 Gestos comunes

Uno de los momentos más memorables en un concierto es cuando recuerdo que estoy rodeada de cientos o miles de personas y dejo de poner atención al escenario para mirar detrás mío o a los lados. Entonces me doy cuenta de que la asistencia entera nos hemos convertido en un cardumen en la profundidad del mar y nos movemos como una sola criatura. Y no sólo es que saltamos en coordinación perfecta o movemos los brazos de un lado al otro al ritmo de la melodía: la expresión en nuestros rostros comparte un lenguaje y estamos diciendo exactamente lo mismo. Lo mejor de todo es que ocurre sin que nadie allá arriba nos organice o nos lo pida, es más bien una consecuencia de esa comunión entre la música que interpretan y el mensaje que recibimos como espectadores.

Lo he visto en otros sitios, en diferentes circunstancias. Como un campo de los girasoles que no pierden de vista al trayecto del sol. O los comentarios que aparecen debajo de un video con muchas reproducciones: gente de distintos lugares del mundo dice o reacciona con las mismas palabras o emoticones.

Eso es algo que he extrañado desde que la pandemia nos obligara a limitar nuestras interacciones. Los riesgos que he tomado en mi vida son pocos —como dejar lo seguro para dedicarme a la escritura—, así que puedo decir que cumplo con la mayoría de las reglas cuando las conozco: pago mis impuestos, voy por el centro del carril derecho en bicicleta y al menos saludo a todos los gatos que me encuentro en mis trayectos (se llama respeto, por si no lo sabían) si no hay tiempo para intentar regalarles una caricia bajo su mentón.

La última vez que recuerdo contagiarme de un gesto y compartirlo entre varios desconocidos fue con Midsommar. Después de conocer la travesía que Dani emprende, desde la noche miserable de su tragedia hasta el verde pasto bajo el sol demente (¿será el mismo al que siguen los girasoles, a todo esto?) que alimenta a la comunidad que la adopta, en el cine presenciamos el montaje final. Dentro de la cabaña triangular, Christian, el novio más pusilánime de la historia, arde en llamas dentro de la piel de un oso. Y mientras las mujeres y los hombres danzan con regocijo alrededor de su nueva reina envuelta en los colores más vivos de cientos de flores, el rostro de Dani abandona el gesto de la tristeza, el odio y la desesperación por el de la satisfacción de la venganza.

Guapísima

A medida que nos acercábamos al desenlace, la sonrisa de Florence Pugh se dibujaba lentamente y también la mía, igual de despacio e igual de amplia porque «bien por ella». Cuando las luces se encendieron de nuevo, reconocí esa victoria en la cara de otras mujeres. ¿Y en los hombres? Who cares?

Pero ahora, que todavía no todos podemos acercarnos a los demás como antes —bienaventurados, o mentirosos, los que dicen lo contrario—, tengo curiosidad: cuántos gestos hemos compartido en separado, cada quien desde su sillón, en la azotea o mientras la comida se calienta porque leímos, en algún momento de estos años, el mismo pasaje y reímos con auténtica sorpresa. Debe existir una manera de grabarnos leyendo un título en distintas locaciones, para luego editarlo y acomodarnos uno tras el otro, así como lo hacen con el trayecto de los girasoles que capturan durante horas pero lo editan para que dure apenas un minuto y veamos claramente el gesto compartido. Sé que no fui la única que se tocó el estómago para calmar la angustia casi al final de Temporada de huracanes, por ejemplo.

Hace poco lo pensé cuando vi Lo que arde en el fuego (o Wildlife, dirigida Paul Dano, escrita por Zoe Kazan y también Dano, basada en la novela de Richard Ford). Es una historia sutil y muy dolorosa, porque cuenta cómo la madre (Carey Mulligan) y el padre (Jake Gyllenhaal) de un niño comienzan a separarse muy lentamente, frente a sus ojos, sin que pueda hacer nada para mantener la familia tan unida como en sus días más felices. Lo desgarrador es que todo se narra desde su punto de vista, que qué tanto podría entender en ese entonces de la búsqueda de propósito —del padre— mientras se lustran los zapatos de los ricachones de un club de golf. O de la desesperación —de la madre— por encontrar los medios para controlar el incendio metafórico que está por destruir la mitad del hogar porque quien debía ser apoyo se va detrás de otro fuego, real, en un bosque más lejos.

Está todo en los gestos. Y así como acompañamos en la sala de cine a Dani en su espiral hacia la locura (gracias, a pesar y a causa de sus compañeros de viaje), Joe, este jovencito, me llevó de la mano hasta el artefacto que le ayudaría a lidiar con las ruinas de la etapa idílica de la niñez: una cámara fotográfica en el estudio donde trabaja por las tardes. Lo vi congregar a su madre y a su padre, ya separados y un poco adoloridos por el proceso, dirigirlos al estudio, sentarlos frente a un fondo azul y deslavado, para tomar la última foto familiar que se podía. Juro que Carey, Jake y yo empezamos a llorar al mismo tiempo.

Yo no quise salir en la foto

Me pregunto quién más lo hizo. Para hacernos amigos o algo.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.