(7/52) Aprender a ir de compras

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«Mamá, ¿subí de peso?», le preguntaba desde detrás del sillón. Ella le bajaba el volumen a la tele y ponía el cigarro en el cenicero antes de voltear hacia mí, sin ponerse de pie. Me daba una inspección relámpago y mejor me proponía ir por una bolsa familiar de papas y una Coca-Cola de dos litros. O ir a un centro comercial «nomás a probarnos ropa» la mayoría de las veces. Y en menos de 20 minutos yo ya no me acordaba que jamás tendría las caderas de Kate Moss, aunque fuera talla chica y pesara 49 kilos: la modelo pesaba 45 y era más alta que yo, así que la meta nunca iba a alcanzarla.

La relación con mi cuerpo no ha sido muy amigable. Sobre todo porque durante mucho tiempo le permití a otros, especialmente hombres, opinar sobre él. Y como siempre hay alguien más delgado que una, las comparaciones eran inevitables. Mi madre era el campo de protección cuando no me convencían los espejos, las revistas o mis expectativas. Si no hubiera sido por ella, no habría comprado ropa jamás porque mis medidas no coincidían con el maniquí. Ella me enseñó a ir tienda por tienda y no comprar nada hasta estar segura, por dos razones, principalmente: porque era un paseo (así que se le dedica tiempo, carajo) y porque no había dinero como para dejarse llevar (carajo).

Por ella fue que aprendí a decirle a las que trabajan ahí que nomás estoy viendo, muchas gracias, a fuerza del remordimiento que me asaltó en más de una noche cuando íbamos a Fábricas de Francia de Plaza del Sol a probarnos todo lo que nos gustaba con la asistencia de una empleada que, se le veía en los ojos, ya hacía planes con la comisión que iba a ganarse por invertir una hora y media en nosotras. Todo para que, ya pactado que ni la cartera llevaba así que no compraríamos ni un calcetín, inventáramos pretextos a cada atuendo. Que si la caída de la falda, el cinturón, los botones de atrás, los hombros, el color en contraste con la piel, que si picaba o apretaba demasiado: muchas gracias, ¿eh? Y caminábamos rapidito hacia la salida aguantándonos la risa.

Yo creo que esa es la razón por la que a veces mis clientes se tardan en pagarme: por lo culera que fui con esa empleada de tienda departamental. Pinche karma.

Años después, meses después de la muerte de mi madre, me fui a vivir a CDMX por una beca que no tenía planeado ganar. A mi papá no le entusiasmó nada que tomara mis maletas y me largara a la capital a jugarle a la escritora, pero nadie le pidió permiso, para ser honestos. La orfandad materna no me hacía cosquillas en la espalda todavía por la emoción del cambio, y pensaba que no habría cruda emocional si no había llegado después del velorio. O, más bien, que lo que había sentido sería todo.

Y ándale que no.

La primera vez que de verdad me sentí lejos de ella, irremediablemente lejana porque la muerte es orgullosa y no se retracta, fue en una Zara solitaria un pinche martes o jueves por la mañana. Tenía tiempo para matar, así que me fui a caminar por la Zona Rosa y, con dinero de la beca todavía calientito en la cuenta bancaria, decidí comprarme algo lindo.

Sin prisa recorrí las secciones y repasé anaqueles, ganchos, otra vez maniquíes. Pero nada me gustaba, todo era para mujeres con piernas demasiado largas o caderas estrechas. Mi paticorta complexión no tenía oportunidad en esos pantalones ajustados o abrigos rectos. Maldita sea, por fin tenía capital para tener esas vorágines de compras y ahí estaba el problema: no había nadie que me dijera mira, mija, como te gustan los suéteres, ándale, pruébatelo que te va a quedar padrísimo, ¿cuál gorda? no digas mensadas, pues, que te traigo ese pantalón en otra talla de veras que vienen reducidos pinches españoletes ¿eso qué? A ver ya sal ¡qué bien te queda! Nos lo llevamos.

Ahí estaba yo, con mis 21 años bien cumplidos, y la cara de mensa con una playera entre las manos. Desde el otro extremo de la tienda, la cajera seguro habrá pensado que en cualquier momento me desmoronaba gracias a un derrame cerebral, porque parecía que miraba la prenda más con angustia ontológica que con dudas sobre la ausencia, la inseguridad, el reforzamiento positivo, si mi madre me habría mentido todo este tiempo o si algún día aprendería a quererme como ella me quiso.

Imposible eso último.

Así que fue un largo camino de aprender dos cosas: quererse a una misma es muy difícil, agotador y disciplinado, casi como cualquier trabajo; y que a mi madre la extraño en los momentos más inesperados. Sobre todo cuando mi papá me recuerda que haga ejercicio y yo le recuerdo que deje de sacudirme la autoestima y mejor me cuente cuál libro de mi mamá leyó en la semana.

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