7/52 Marge Simpson ya no fue lo que era

La gente que sabe de eso, dice que las series de situación tienen un tiempo de vida limitado y que cada temporada corresponde a cierta etapa de desarrollo de sus personajes. Antes de que Netflix nos permitiera atascarnos de capítulos en una sentada, el mundo era más simple.

Por ejemplo, la primera temporada era la oportunidad para conocer las dinámicas de los personajes y comenzar a definir las características de cada uno, envueltos en situaciones muy básicas que nos exponen esas verdades. Es decir, Joey es el galán que siempre tiene una chica nueva, Monica es la neurótica a la que siempre la comparan con su hermano, Chandler es el sarcásticos que no está cómodo con sus sentimientos, Ross es un imbécil, Phoebe es la rara que cree en rituales de limpieza amorosa en San Valentín y Rachel es una niña mimada que no sabe cómo lavar ropa en una lavandería.

En la segunda, el público ya conoce todo eso de los personajes, así que las historias pueden irse complicando un poco más, porque ya no se trata de enseñarle a la audiencia cómo es cada uno, por lo tanto los arcos de las historias se extienden (es decir: ya no se resuelven en un solo episodio). La tercera temporada es maravillosa, porque tanto guionistas como audiencia tienen bien aprendidas las minucias de esa gente ficticia, y es posible agregar otros personajes, revolver conflicto, descubrir sorpresas, incluso mover las aventuras del sillón del café a una casa en la playa. La cuarta y quinta temporada, a veces incluso la sexta, son el epítome del ingenio: los personajes se prueban en territorios extranjeros, rompen vínculos sexuales o emocionales con la pareja que habían construido anteriormente, resuelven retos más complicados. How I Met Your Mother y Friends llegaron al epítome de sus arcos (ojo: de sus arcos, no que eran una genialidad inmortal) entre las temporadas 5 y 6; lo siguiente fue una caída libre hasta el abismo.

Algo así dice la teoría.

¿Como por qué me tardo en llegar al punto? Porque ayer estaba recordando que en la primera temporada de Los Simpsons, allá entre los años 1989 y 1990 del siglo pasado, estábamos conociendo a la familia y las minucias de cada integrante. Si Homero y Bart se llevaban, en muchas ocasiones, gran parte del protagonismo gracias a la torpeza del primero y la rebeldía aparentemente sin causa del segundo, Marge y Lisa fungían como las voces de la razón que acompañaban sus aventuras (Maggie todavía no hace gran cosa, falta un poco para que intente matar a Homero bajo la influencia de una caricatura). Excepto cuando les daban su lugar.

Uno de los capítulos dedicados a ellas giró alrededor de la relación entre Lisa y Marge, el sexto de la primera temporada: «La depresión de Lisa». En él, la niña de 8 años experimenta una tristeza abrumadora que no depende de malas calificaciones o la ausencia de un pony en su vida: está fuera de su control. Y como no tiene manera de cortarla desde la raíz, empieza a incomodar a la gente a su alrededor: sus maestros, sus compañeros, su padre, su hermano y, finalmente, su madre, que no sabe qué hacer para sacudir la nube gris en el semblante de su hija.

Como cualquier adulto en este mundo, intenta encontrar la estrategia en su propia experiencia. No tarda mucho en recordar que ella misma tuvo esas épocas de tristeza infinita que la familia intentaba enterrar, porque a nadie le gustan las niñas de semblantes chuecos. Así que Marge le recomienda a Lisa que intente sonreír hasta que el gesto se convierta en legítimo, porque a su alrededor las personas reaccionarán a su semblante y, en poco tiempo, la felicidad llegará por sí misma. La niña decide obedecerla, ¿qué más le queda entonces, si todo ha fallado?

Hasta que Marge recuerda cómo se sentía ella, de niña, siguiendo el mismo consejo estúpido. Y ese es el carácter que dejaron de explorar en Marge y que tanto me gustaba: el de la mujer que decide cortar con el linaje de machismo y sexismo que marcó su propio crecimiento. Qué maravilla cuando le dice a Lisa que no tiene que sentirse feliz si no lo está, y que mientras le dura ella, y su familia, estarán a su lado, sonriendo por las dos.

Es un gran momento, en verdad:

En idioma original porque así me gusta más, la neta. Perdón.

¿A poco no extrañan a esa Marge, que para la sexta y séptima temporada comenzaba a transformarse en otra cosa? Después de 30 años, no vale la pena lamentarlo, lo sé. Quizá solo recordar qué gran personaje fue.

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Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.

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Abril Posas

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso. Tengo un curso en Domestika.