(8/52) No dejen a los bastardos de la mercadotecnia indicarnos el camino

Entre los que hemos trabajado en el entorno de la publicidad y los contenidos en redes sociales existe una verdad inamovible: cuando una marca (o empresa) adopta un meme para sus mensajes, quiere decir que ese meme ha muerto. Es como cuando a tu tía, la que odiaba 1 Direction, se confiesa fan de Harry Styles: deja de ser relevante para tu adolescente persona (nota: tu tía soy yo). Y es posible que cause un poco de incomodidad, incluso algo de decepción el momento en que lo que fue un chiste se adopta como una estrategia de ventas. Se volvió parte del sistema, lo absorbió un interés capitalista, se le diluyó su elemento contestatario (tan contestatario como puede ser un meme, existen muchos niveles).

¿Qué pasa cuando una marca o empresa hace lo mismo con un movimiento o causa social? Hace algunos años, lo confieso, celebré que lo hicieran porque, como muchas de las que apenas nos estamos empapando de lo que sucede en nuestro país, me gustaba que la conversación comenzara a girar en torno al feminismo, por la esperanza de que más personas se preguntaran entonces qué era eso de lo que Nike estaba hablando. Porque, seamos honestos, a veces le hacen más caso a un anuncio de sus tenis favoritos que a su recién violada hija. Además, Nike lo hace muy bien. Su equipo creativo es inteligente al evaluar su mercado y encontrar oportunidades para contar una historia que se identifique con las inquietudes de miles de personas. Incluso cuando su único objetivo sea atraer más compradoras al construir un buyer persona profundamente analizado. Y eso hicieron con aquel comercial de hace dos años de la campaña Juntas Imparables.

¡Ah, marketing!

Esto va mucho más allá de si se mata el chiste o no. De si se diluye el mensaje de revolución que colectivas comprometidas mantienen vigente a pesar de que «el presidente más feminista» se desmarca del obvio pacto patriarcal que mantiene con sus compinches y cubre sus orejotas ante las exigencias de más de la mitad del país: las mujeres.

Sin embargo, y a diferencia de la necedad de nuestro presidente, las mujeres organizadas han demostrado que la mecha está cada vez, y con razón, más corta ante la ligereza con la que se toma el feminismo. Se nota cuando un «ali hado» aparece en escena para darnos permiso de hablar al ceder su micrófono, cuando en realidad debería existir ya el espacio desde antes de que él se pusiera de pie en el escenario. Lo escuchamos cuando las mujeres levantan la voz de inmediato si un violador está en una candidatura como si no pasara nada malo. Cuando otra mujer desaparece y los colectivos se movilizan para crear redes de búsqueda, de apoyo y de difusión porque ya sabemos, todos lo saben, que la Fiscalía no moverá un solo dedo.

El problema cuando una empresa o marca toma un movimiento, es que además lo hacen con el interés superficial de quien solo quiere cumplir con un asterisco para poder decir «Yo sí apoyo», aunque no investiguen, no pregunten, no consulten con especialistas y profesionales en el tema. Incluso si dentro de la misma organización las personas más cercanas a la causa dijeron que no le correspondía a la empresa decir algo al respecto. Pero de todas formas lo hicieron.

Lo peor es que estas acciones contribuyen a dejar la vara muy, muy, muy abajo. A ras del suelo, al alcance de las antenas de una hormiga. Porque entonces la gente se siente satisfecha con compartir la imagen de los tenis morados. O porque aplaudieron cuando las heroínas de Marvel estuvieron juntas durante tres segundos en una películas de casi tres horas. O porque el presidente dice que las mujeres son lo más bonito de este planeta: «Awwww, es verdad. Mi madrecita santa es lo mejor de mi vida», dice el que obligó a su novia a tener sexo porque ya le tocaba.

Si en verdad queremos unirnos a la conversación, dejemos de escuchar a las marcas. Esas solo tienen un fin: mantenerse vivas a través de las ganancias. No importa qué vendan. Si son virgencitas, fetos de felpa o mezcal orgánico sustentable de barrio. Se vale buscar la sobrevivencia económica, porque dan empleos. Pero también es necesaria la coherencia. Si no van a aportar a una organización legítima con la causa a la que se suben o si de plano dentro de su cultura laboral no existen las condiciones que celebran eso que dicen que celebran: cállense.

No es de ahuevo. Nadie los va a extrañar. Porque, de todas formas, todo el mundo lo sabe. ¡Es más! Hasta el imbécil de presidente lo sabe: la verdadera fuerza a contracorriente es el feminismo. Y vaya que le tienen miedo.

El miedo no anda en burro. Foto: Reporte Indigo.

Para conocer mejor y buscar maneras reales de sumarse a una causa justa lo ideal es acercarse a las agrupaciones y proyectos que se involucran, esté en la estrategia de marketing de las marcas o no. Tal vez de esa forma sí aprendemos una cosa o dos:

Esta lista no es, ni de lejos, exhaustiva. Pero comparte mi propia experiencia de aprendizaje. ¿Ustedes qué más agregarían?

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.