La leyenda dice que las jornadas de ocho horas comenzaron con la Revolución Industrial, cuando la producción en masa necesitó más manos para fabricar todo lo que los consumidores demandaban. Capitalismo, entre otras cosas. Atrás se habían quedado entonces los oficios y sus profesionales, que reparaban sólo cuando se tenía que reparar algo; que construían si había un proyecto; que, en general, trabajan cuando había que trabajar. No cuando era necesario entregar un cargamento de 20 toneladas de Crocs al Coppel de Ajijic.

Si la leyenda es cierta o no, el horario de ocho horas es tan útil en todos los trabajos como leer los términos y condiciones de un dispositivo móvil: si desaparecen, nadie va a quejarse. Por supuesto, el horario depende mucho de la actividad profesional. Obviamente un médico, un policía o el de los dogos que nos salva los viernes a las 2 a.m. no tienen un horario de oficina porque su labor es pri-mor-dial para la sociedad en la que se mueven. Sin embargo, ocho horas aplastado en tu silla, sintiendo cómo las vértebras se te van encogiendo conforme pasa el día, enviando correos de confirmación, saludos cordiales y la quinta versión de cualquier documento que no es de vida o muerte porque es para redes sociales, y ahí todo muere en menos de 4 horas… ¿qué tan necesarias son?

Para el jefe común, ese que no entiende por qué alguien no querría tener una meta en la vida como, no sé, comprarse un auto por cada hijo que engendre (tres hijos = una camioneta, un sedán y un deportivo), puede resultar hasta sospechoso que alguien más le sugiera tener un horario más flexible, más corto, para así tener más tiempo para, llámenme loca, vivir.

Sé que no todos tenemos el mismo sueño. Conozco gente que prefiere seguir en un trabajo que no le satisface del todo porque le da oportunidad de viajar a otro país cada año, una meta nada despreciable que exige una buena cuota de sacrificios sin ser un volcán hambriento de vírgenes. Otros, que están ahorrando para dentro de unos años olvidarse de la vida empresarial y dedicarse a su verdadera pasión. Y otros más que todavía no han encontrado su meta, pero siguen buscando. Cada quién va al paso que desea, quiero pensar, y, seamos honestos, si uno de ellos lo único que quiere es tener dinero porque el-di-ne-ro-es-lo-me-jor, este texto no va a convencerlo (o convencerla) de lo contrario. Y está bien.

El tiempo es de las cosas que tenemos, siempre, ahí. Pero que nunca espera. Es implacable, no se detiene. A veces le da por hacer alianza con lugares, situaciones y personas para que quien lo pueda tomar —para que quien se decida a tomarlo— dé el primer paso, incluso sin darse cuenta. Por eso la gente se gana la lotería, se encuentra un billete de alta denominación abandonado en la calle o tiene la oportunidad de conocer a un actor famoso que camina por su barrio. Pero esas son las ocasiones menos habituales. Todo lo demás está ahí, caminando con las manecillas, y si dudamos un segundo, si el resto de la vida pone trabas y no podemos zafarnos, el segundo se desvanece.

Desde hace una semana tengo el tiempo a mi disposición. Ya no tengo que checar tarjeta, escribir correos o hacer llamadas de larga distancia con otros equipos en los que colaboré para armar estrategias efímeras, a veces inconclusas, otras interminables, como el sermón de un domingo en la mañana con aliento de cruda. Eso sí: gracias a años de eso, puedo hacer esto hoy. Y mañana, y por un rato más. No me arrepiento, sólo me siento aliviada por hacerle caso a la adolescente que fui alguna vez, y que me juró que un día haríamos lo que más nos gusta. (Más te vale que así sea, Yo Adolescente, o buscaré la manera de vengarme).

El nuevo reto es, desde hace una semana y hasta que el miedo no me alcance, hacerle honor a ese deseo que, pienso, es más difícil de cumplir si le hago caso a lo que se sigue moviendo a otro ritmo allá afuera. Esto apenas está comenzando.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.