16/52 Anotaciones sobre detectives

Durante años nos mintieron. Esas malditas películas de cine negro nos engañaron como a un grupo de ciudadanos endeudados hasta el cuello en una sociedad surcoreana del siglo XXI.

Nos vendieron que los mejores detectives viven acechados por el fantasma de un amor no correspondido. Que van por las calles enfundados en una gabardina y un sombrero para ocultar sus miradas inquisidoras, atentas a los pasos de la lista de sospechosos que deben corroborar para resolver su caso. Que hablan solos y apenas gruñen a quienes están junto, quienes son capaces de aguantar sus largos silencios cargados de cigarrillo y whisky barato. Que conducen autos que se confunden en la noche de la ciudad y nadie sabe cómo contactarlos: estos detectives llegan a donde deben llegar igual que la noche eventualmente aparece, sin seguir las reglas de nadie más que las propias.

Nadie más detective de cine noir que Bogart

Sobre todo, nos dijeron que esos detectives efectivos, imparables, misteriosos y rebeldes ocultaban sus sentimientos, se separaban de las víctimas para no perder el rumbo con emociones que no sirven de nada. Esos detectives eran siempre hombres solitarios, pero hombres en todo el sentido de la palabra. Aunque se disfrazaran de murciélagos en cuanto se pusiera el sol, enfundados en mallas grises, guantes, botas a la rodilla y un cinturón enorme (que dizque para guardar artefactos para pelear contra el crimen. Seguro).

Pero entonces comenzamos a ver las noticias y escuchar las historias reales. Una cosa se mantenía constante: las mujeres asesinadas y desaparecidas. Las familias destrozadas. Lo que se mostró absolutamente diferente es que los detectives no sirven de mucho. No pueden seguir a nadie porque no tienen, ya no digamos condición física, herramientas, recursos o voluntad acaso. Los detectives como nos enseñaron son tan ficticios como una virgen que dio a luz.

Los verdaderos detectives son, en su mayoría, mujeres. Madres, abuelas, tías, hermanas, hijas de otra mujer que está desaparecida o enterrada en una fosa común. Los verdaderos detectives no se visten de gabardina, porque para explorar terrenos en abandono en donde puede haber un sepulcro clandestino es más fácil si llevan ropa deportiva, bloqueador solar y palas. Se acompañan por familiares, amigos o seres queridos de otras víctimas, ya que descubrieron de que pueden encontrar fuerza del dolor compartido. De la frustración, sobre todo, de que no haya aparato gubernamental suficiente para hacer su trabajo.

Los verdaderos detectives tienen una conexión directa con las víctimas de quien buscan esclarecer los hechos. No hacen mayor esfuerzo en ocultar sus emociones, ni callan frente a las cámaras ni se esconden en los callejones oscuros. Toman pancartas en las que plantan consignas, gritan los nombres de sus hijas y sus madres, señalan a los culpables, arman expedientes a detalle, vigilan casas supuestamente abandonadas, le avisan a la policía dónde capturar a los sospechosos y ya tienen la mitad del caso armado, para que la justicia solamente los condene. Y de todas formas logran salir libres.

Cristina Rivera Garza, escritora que ahora debe añadir a su currículo su labor como detective, habló de esta representación detectivesca del género noir que simplemente ya no cabe en la horma que es nuestro país (nuestro mundo entero, para qué nos hacemos). Ahora tenemos esos investigadores que tienen tanto invertido en los crímenes —madres, padres, hermanas, hermanos— y que, para sorpresa de muchos, son mejores que cualquier hombre desapegado de la vida.

Hace poco, un crítico que sigo en Instagram se quejaba de que el entorno social del país estaba haciendo «aburrido» al cine mexicano. Supongo que tiene que ver con que la respiración entrecortada del territorio en su totalidad no lo conmueve en absoluto. Así hay gente. ¿Pero así de ciego?

Ya ni sé a dónde quería llegar, pero sigo pensando en que esta transformación, además de romper el corazón por ser tan real e inevitable, no es otra cosa que otro espejismo derrotado. ¿Cuántos nos quedan todavía y por qué habrá quien los siga defendiendo?

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.