Déjenme contarles de mi accidente en bicicleta

Soy una late-cyclist. Es decir, aprendí a andar en bicicleta cuanto tenía como 27 años. Antes de eso, me burlaba de los activistas en dos ruedas que reclamaban espacios seguros, educación vial y que las carreolas no circulen en las ciclovías. Tuve que vivirlo en carne propia para entender sus demandas, que deberían parecer obvias, pero ¡hey!, soy humana y, por lo tanto, también puedo ser bastante imbécil.

En fin. La cosa es que apenas voy a cumplir 10 años de usar la bicicleta como transporte y he tenido varios ejemplares en este periodo. La primera, a la que llamé Adriana, ha sido también la que más he querido, porque con ella aprendí a moverme en calles y avenidas, sobre banquetas y empedrado, y sobre las ventajas de pedalear de pie en las subidas. Me costó un poco, porque temía derrumbarme hasta el suelo, pero me tuvo paciencia hasta que lo dominé. Luego me la robaron. Ahorré y compré otra, una que no me gustaba tanto. Sin embargo, se adaptaba a mis condiciones económicas. Y aunque no me parecía tan linda como la que me arrebataron de mis manos, sí fue muy compa. Ella se llamaba Jessica (por la Rabbit, pelirroja voluptuosa de aquella película de animación), pero como el amor no era tan sincero de mi parte, decidí ser honesta y buscar otra bicicleta. Esta vez, una plegable, para subirla por las escaleras de caracol del edificio donde vivo, para treparla en la cajuela del Uber si la fiesta me impide pedalear de regreso, para que la méndiga se haga chiquita cuando yo lo diga. Vendí a Jessica a mi mejor amiga y conseguí la nueva.

Esa cabrona nunca tuvo nombre. Es todo lo que diré.

Decidí salirme del trabajo para ser más feliz escribiendo (doy fe que sí funcionó) y entonces, de nuevo, vendí la bici. Pero esta vez busqué con tiempo una que me gustara en verdad, y que no me sangrara la economía. Ja. Sangrar. Curioso que se me ocurriera ese verbo, justamente.

Desde que intento escribir una historia que tengo años atravesada en la cabeza, también aprovecho algunos espacios muertos para revisar el catálogo de Amazon. Por ejemplo, para la caza de una fixie que me llenara el ojo. Me he torcido los dedos para desenredar de manera coherente lo que tengo en la cabeza, acomodarlo en palabras que no le hagan perder el ritmo a quien se atreva a regalarle su tiempo a algo que invento. Lo sigo haciendo. Y también me concentré en no gastar el dinero de la bici que acababa de vender. Fui recompensada con una lindura a la que apenas tuve que invertirle cien pesos, y a la que me sugirieron nombrar Morisqueta. Morisquetita. Moris de mi vida.

Eso de no tener empleo, cuidar los ahorros y tener un horario que dictas tú misma está lleno de ventajas. Para empezar, si lo tienes, ya es una ventaja, y estoy muy consciente de eso. Pero también obliga a tener en casa una base que no se mueve: para trabajar (hablo de escribir mi proyecto, que ni siquiera sé si resultará bien, ni siquiera sé si éste sí me lo van a pagar), para comer, para beber, para ver películas. Entonces casi no salgo, y la bici nueva apenas he podido montarla, porque vivo en un gran sitio y todo me queda a 10 minutos caminando, máximo. Les digo que tengo ventajas.

Morisqueta es nueva para mí, y viceversa. Es más ligera que yo, más rápida que yo y no se parece a las otras tres bicis de mi vida. Así que cuando me le subo, intento hacerlo todavía con precaución, porque ya me ha pasado antes que, por confiada, casi termino con el hocico roto. Hace poco me invitaron a comer y decidí ir rodando. Era 1 de mayo, casi no había autos en las calles, un domingo a media semana como debe de ser. Una maravilla. Sólo me preocupaba por las alcantarillas demasiado anchas, no fuera ser que se encajara una de las delgadas llantas y yo saliera volando. No pasó. Lo que sí pasó, es que llegué a una subida empinada y, al perder velocidad, de inmediato recordé el truco de ponerte de pie en los pedales para tener más impulso. Y allá fui: a ponerme de pie. Pero la bici es más ligera que yo y se me hizo hacia un lado, y luego al otro mientras se torcía el manubrio. Perdí el control a 1km/h, giré sobre mi propio eje y me derrumbé sobre el costado derecho, hasta el suelo.

Me hice consciente de mi cuerpo gracias a los golpes: el codo, el hombro, la espinilla, la rodilla, la entrepierna. Debí haber caído primero sobre el cuadro, y agradecí por primera vez en la vida, sinceramente, no ser hombre, ¿porque se imaginan mis testículos? Estaba adolorida, pero no muriendo como los hemos visto tirados en el parque porque la pelota de plástico les rebotó en las góndolas. Una vecina de ahí me vio incorporándome y me preguntó si estaba todo bien. Pfff, todo está bien, está perfecto. Una pequeña resbalada, un pequeño bache en la vida, como los tiene todo el mundo. Nomás acabo este libro y consigo otro trabajo rapidísimo, sin que me tenga que chupar todos mis ahorros, sin que tenga que mudarme a un lugar más pequeño, más lejos, más barato. Y seguro todo sale perfecto, este tiempo está siendo bien invertido, claro que sí, por eso lo hago, porque si no me atrevo ahora, luego se me va la oportunidad y olvídalo. Que sí me duele un poco el cuerpo, pero quedan sólo un par de cuadras y me dan una cerveza y se me olvida todo. Jaja, es todo tan gracioso. Pudo ser peor, porque la bicicleta no se dañó, sólo mi dignidad, ¿¡cierto!?

Y llegué a mi destino, me abrieron la puerta, se preocuparon al verme los raspones, me ayudaron a limpiarlos y sí, me sirvieron la cerveza.

Me dieron ganas de ir al baño. Y fui, como cualquiera lo hubiera hecho. Pero déjenme que les cuente lo que pasó entonces. Al bajarme los shorts de mezclilla noté que estaban manchados. De sangre. ¿Qué es esto? ¿LA PRIMARIA OTRA VEZ? Me senté en el excusado de inmediato y, disculpen que sea tan gráfica, pero tenía que asomarme. Y asomarme fue lo que hice. ¿Se han peleado alguna vez, o han visto a alguien agarrarse a golpes alguna vez? ¿Han notado cómo se hincha la boca por un trancazo, o los ojos después de un derechazo? Es sangre acumulada, le das con una aguja, se drena la sangre y se desinflama. Así le hacen los boxeadores cuando no pueden ver: les cortan el párpado para quitarles lo hinchado y que recuperen visibilidad. Pues digamos que uno de mis labios no tenía visibilidad, y al intentar moverlo para echarle un mejor vistazo, le ayudé a desinflamarse. Pero a qué costo. Eso fue sangre y sangre rojo oscuro por doquier. No dejaba de salir, se había roto una manguera y un chorro con harta presión amenazaba con decorar el baño entero, e intentaba controlarlo con papel higiénico, aunque apenas lo acercaba se mojaba tanto que, antes de poder hacer presión, ya no servía de nada. Y al hospital fuimos.

Estuve una hora con una compresa helada entre mis piernas, que yo apretaba. Un ginecólogo con vocación de comediante («Yo ni soy doctor, soy el de intendencia». JA JA JA JA, ¿en serio?) me revisó. «¿No quieres ver?», le dijo a mi novio. Cómo son, de veras. El pobre dijo que no y siguió nervioso en su teléfono. El médico me dijo que seguro no necesitaba puntos, pero si yo quería, me los ponía. No, gracias. Que con que estuviera en reposo, nada de andar caminando por ahí, y limpiando continuamente, era suficiente. Me dio su tarjeta. Ya ni sé dónde la dejé. Y salí caminando con una toalla femenina improvisada con algodones entre mis piernas.

Pasé el resto de la semana acostada, con la pucha adolorida y el miedo constante de que se convirtiera en una emergencia médica digna de tuit de Milenio: SE CORTA allá abajo y le tienen que EXTIRPAR (?) un pedazo antes de MORIR desangrada. Me acabé un frasco de Microdacyn (qué buen invento, carajo) en mis cuidados diarios, así como el miedo al fracaso. Es decir, mientras yacía recuperándome, primero vi el listado de un festival literario en la UNAM en la que aparecían varios nombres de los señalados por el #MeTooEscritores; luego Paté de Fuá tuvo un concierto con éxito en la ciudad, con todo y que uno de sus integrantes fue de los famosos de #MeTooMúsicos, y luego me entero que el pendejo del festival Fyre está escribiendo un libro de su tranza en la cárcel… O sea, claro que ese wey no está escribiendo ni madres, está pagándole a alguien para que lo haga, y en cuanto lo termine le van a dar un contrato millonario en alguna editorial multinacional, y se venderá como pan caliente porque todos quieren saber cómo un «bro» le vio la cara de pendejos a todos los inversores de su festival ficticio. Es decir, ¿por qué me preocupo si mi libro apesta, si de todas formas hay peores cosas que podría hacer que ya le han perdonado rapidísimo a otra gente mientras mi entrepierna sanaba?

Por eso me puse a ver Someone Great en Netflix en lo que se regeneraba mi pucha. Y lloré. Lloré porque me dolía un poco ir al baño y porque, aunque la película tiene cosas que no son perfectas, me recordó a mis amigas y cuánto las extraño, que en realidad nunca me sentí bien desde que una buena relación me dijo en la cara que nada es para siempre, y finalmente lloré porque no veía que la herida fuera a curarse pronto.

Hasta que se curó.

La bicicleta está en casa de mi novio todavía. Estoy tomando mis precauciones para evitar más desastres. Y creo que ya no se llamará Morisqueta. Estaba pensando Pussy Braker, no sé qué opinen ustedes.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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