Cuando me mudé de ciudad y entré, después de muchos años de asistir a institutos católicos para niñas, a una escuela mixta, le tenía tanto miedo a la soledad que decidí complacer a todos los que se acercaban para ser mis amigos.

No tiene caso que empiece a mencionar la cantidad de tonterías a las que una adolescente puede llegar para sentirse aceptada (¿ya vieron Cuties, por cierto?), pero sí recuerdo que una de las más significativas para mí fue la música. Cuando eres la menor en casa, te toca a veces los juguetes de los hermanos mayores. Y la ropa, las camas, el maquillaje usado y sus gustos musicales. Así que en un solo casete grabado de la radio podía tener a Selena, The Smiths, Duran Duran, Madonna, Café Tacvba; o saberme de memoria las canciones de Shakira, Bronco y Daniela Romo (esta última por mi mamá).

En esa época tenía 14 años y un acento tapatío demasiado marcado y demasiado fresa para mi nuevo hogar. Era tímida e insegura como un hámster en mitad de la carretera, sin embargo encontré que en mi amplio espectro musical podía ser un camaleón que me ayudara a ingresar a diferentes grupos de personas, dependiendo de la compañía que estuviera buscando. Y ya que el fanfarroncito que me gustó en tercero de secundaria era un fanfarroncito que idolatraba a Marilyn Manson, por ahí me fui.

Es curioso como funciona eso, porque mis discos y las pláticas alrededor de muchas bandas se convirtieron en mi disfraz, mientras que en casa me olvidaba de todo eso para dedicarle horas a lo que en verdad me gustaba. En el salón de clases era Pantera, Sepultura, Korn, Metallica, el Manson; en mi habitación era Radiohead, Smashing Pumpkins, Alanis Morrissette, No Doubt, Garbage y el brit pop, que me pegó como tubo.

Las bandas del brit pop de los años noventa fueron las que conocí sin intermediario. De Nirvana no escuché gran cosa hasta después del suicidio de Cobain y Pixies estaba todavía lejos de mi radar, pero Suede, Blur, Catatonia, Elastica, The Verve, Oasis… eran los que esperaba a la programación de la media noche en MTV. Miraba fascinada sus videos, porque eran muy distintos de los estadounidenses: tenían más glamour. Y nadie mejor para demostrarlo que Jarvis Cocker.

Pulp fue una de las primeras bandas que descubrí por mí misma porque me gustaron por mí misma: no lo hice para tener conversación con alguien más, sino porque su música platicaba conmigo. Es una de las razones por las que escuchar música sin disfraz se convirtió en un privilegio que aprecié más al iniciar la preparatoria.

Ahora que lo recuerdo lo veo así: cuando teníamos esa edad no nos poníamos a pensar muy en serio lo que pasaría dentro de 25 años. Bastante era lidiar con esta sensación de poca pertenencia a nuestro entorno, sin importar la ciudad, la hora, la escuela o las personas que nos cobijaron cuando descubrimos que compartíamos los mismos defectos. Tal vez no éramos de aquellos que se identificaban con la preparatoria en la que estudiábamos. Al contrario, renegábamos de ella porque era la autoridad, y a esa se la rechaza de forma orgánica: es inherente a la juventud y a los que siempre tuvimos corazón desbocado.

Por eso le dábamos tanta importancia a la música: nos gusta esto, esto no. Si te gusta lo mismo que a mí, entonces tenemos una conexión más profunda. Estaba hambrienta por encontrar una de esas. En el fondo era la razón principal de fingir una afición superficial a bandas de las que nunca, ni siquiera, grabé una canción del radio.

Sin embargo, el primer chico del que me enamoré (enamorar en serio, no encapricharme) fue el que se atrevió y supo seguirme la canción cuando caminamos por una calle empinada del centro de Uruapan: «Isobell», de Björk. Para entonces me encontré parte de un grupo que se juntaba a escuchar discos y hablar de bandas que ya no aparecían en MTV, sino que llegaban a nuestros oídos gracias al contrabando defeño de los hermanos mayores (benditos hermanos mayores), de los que viajaban, de los que compraban revistas musicales europeas y traían un disco con muestras.

Encontrar nuevas bandas era una competencia. Pero lo que más nos llenaba el corazón era identificarte con una de inmediato, más allá de la novedad. ¿Qué tenía en común un grupo británico con un puñado de adolescentes clasemedieros en pleno Michoacán? Quizá era que el año 2000, en 1995, sonaba más lejano de lo que realmente estaba. O que me preguntaba con genuina curiosidad por qué una chica comería un huevo estrellado sobre pan tostado antes de ir a bailar (años después lo entendí: porque es delicioso y ahora es mi desayuno favorito). Aun así me gustaba gritar, acompañada de ese atolondrado garrochón que nunca fue mi novio y se casó con alguien más, «let’s all meet up in the year 2000, won’t it be strange when we’re all fully grown?» de vez en cuando, sin ninguna vergüenza por no saber cantar.

¿Era que Pulp venía de Sheffield, una población industrial en la que no había nada cosmopolita y que nosotros podíamos compararla con una Uruapan apenas conocida por el aguacate y las corundas — poco después por los narcos — , pequeña, tan propensa a los cielos nublados y el olor a bosque quemado? No lo sé, en realidad. Algo había en todo el Different class que sentía que iba a comprenderlo mejor a medida que pasara el tiempo, cuando por fin lo comprara en una Mix-Up y dejara de depender de cintas grabadas. Fue inevitable no pensar en ese primer amor-no-correspondido de neta, ese que me duró mucho después de que me fui de Uruapan y regresé a Guadalajara, cuando tuve el disco compacto entre mis manos, que compré con mi propio dinero, ya sin disfraz o sin tratar de ser otra para impresionar a alguien más.

Este año, el disco cumplió 25 años, ¡25!, y he leído artículos a diestra y siniestra que festejan su nacimiento, la influencia en otros artistas y las historias detrás de su mítica portada. En 1996, Different class ganó el Mercury Prize. Un periodista dijo: «Los argumentos acerca de la rivalidad entre Blur y Oasis son irrelevantes. Pulp es de otra clase». Lo era. Lo es.

Por fin los pude ver en vivo en CDMX, en el Palacio de los Deportes, con grandes amigos y grité durante todo el concierto. Me acordé de Deborah y sus muros con chapa de madera, de la estudiante de intercambio que quería ser como la gente común, de una falda de lápiz y de aquel sentimiento llamado amor.

Dominic O’Connor, de 53 años, y su esposa Sharon, de 50, que aparecen recién casados en la portada del disco, siguen juntos. ¿Mi compita y yo? No tanto, pero sé que si escuchamos el disco nos encontramos en uno o dos recuerdos alrededor de las canciones de Pulp. Para mí eso es razón suficiente para seguir escuchándolo y brindando por haberme cambiado (aunque sea literalmente un álbum).

Por cierto: el 2000 fue hace 20 años. No se vale.

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