Como mucha gente en este mundo, el humor comencé a entenderlo desde casa. Los primeros chistes que escuché fueron de boca de mis padres, y ambos convirtieron al sentido del humor en una de esas cosas que no se esconden ni en la mesa a la hora de la comida y, si la situación así lo apremiaba, en la banca de la iglesia. No había grandes tabúes, excepto que, si eras niño no podías decir malas palabras y no tenías permiso de escuchar las cintas de Polo Polo que se reproducían en la tornamesa de la sala.

Pero de ahí en fuera, supe lo que es el humor negro y mi madre era particularmente experta de hacerte reír carcajadas en medio de una anécdota terrible pues, vista ya a distancia, hay cosas que pueden ser muy graciosas si no te afectan. Algo así como algunas escenas de Three billboards outside Ebbing, Missouri (Martin MacDonagh, 2017) que, aunque sí vi a una usuaria de mi TL en Twitter enojarse por las risas que explotaron cuando se incendia la comisaría, es una excelente cinta escrita y actuada para que la tragedia se vea impregnada de ciertas carcajadas, pues la vida es eso: una tragicomedia, así que díganle al profesor Jules Hilbert que no sólo es uno o lo otro.

Y hace poco nos pusieron a pensar acerca del humor, precisamente. El humor en la literatura, y de ahí en películas, música, cartones, la vida cotidiana. Y además de contar con una cátedra académica que nadie pidió (los «Más que una pregunta, tengo un comentario» que he conocido hasta el momento se quedaron cortos frente a este caballero), regresé a casa con ganas de ver, una vez más, dos especiales de Netflix que hablan precisamente de lo que mencionamos esa noche.

Humanity, de Rick Gervais

Gervais es el creador de The Office —no Steve Carrell, ese solamente fue el actor que interpretó al jefe en la versión estadounidense— y desde entonces ha escrito y actuado en películas y series de comedia que, en muchas ocasiones, mezclan los aspectos agridulces de la vida con un poco de humor torcidito, como un cheeto. ¿No me creen? Vean Derek o, próximamente, Afterlife, en Netflix. Pero antes, disfruten Humanity, un show de stand-up del año pasado en el que, además de hablar del sentido del humor con el que creció cuando no era el ricachón insoportable que es ahora (sus palabras), comparte cómo la comedia se convierte en un asunto personal, sobre todo en redes sociales.

Dice que, para empezar, ya ni se preocupa si lo que tuiteará ofenderá a alguien. Eso es inevitable, porque la gente confunde “el sujeto de un chiste con su objetivo, que no necesariamente es el mismo”. Es decir, si en la anécdota aparece su madre, no quiere decir que se está burlando de ella, sino tal vez de la situación que la rodea. Si se hace un chiste sobre algo malo, no es lo mismo que hacerlo o justificarlo, porque en muchas ocasiones la broma y la risa se provoca por lo ridículo que resulta que ciertas situaciones (racismo, acoso, discurso de odio, machismo, etcétera) existan.

Por supuesto, todo depende del chiste. Uno bien pensado no se irá por la salida fácil ni se burlará de lo mismo que se han burlado miles antes que él. Y eso es un aspecto importante del humor: cambia. Con el tiempo se transforma, ya sea porque las razones detrás de una risa también son distintas, o porque simplemente ya es aburrido hacer el mismo remate una y otra vez. Ahí es donde entra tu tío, el que dice que ya nadie se puede reír de nada, que ya todo es pilítiquiminti quirricti y que mejor cerrará la boca para evitarse problemas. De esas tres cosas, la última la aplaudo de pie y espero que tu tío lo cumpla. ¿Las otras dos? Lo siento, pero tu familiar es un huevón y un anciano que no se asume. El tiempo lo sobrepasó y no intentará, no quiere realmente, usar su cabecita para entender por qué esos chistes sobre su ex-esposa ya no son divertidos. No, no es chistoso que tu compa le diga “nalguita” a tu novia. Y, ciertamente, no es NADA chistoso que no le pongas un alto. Pero si el imbécil quiere ganarse las risas y el aplauso del «respetable», al menos podría echarle más cabeza.

Otra cosa que dice Gervais es que «el contexto lo es todo», de dónde viene y a dónde va. Puedes hacer un chiste acerca de algo malo, pero tú mismo te das cuenta del límite que pones, de quién te burlas (¿de la víctima? Entonces piénsalo otra vez), y lo importante al escucharlo es estar atentos: ¿lo estoy tomando personal? Para usar un ejemplo con el que muchos se puedan identificar, tómenlo como un tuit de una feminista. Si después de que leer que los hombres (como grupo a lo largo de los años y la cultura que conocemos hasta ahora) se han dedicado a menospreciar el trabajo de las mujeres en los campos de la ciencia, las humanidades y las artes te dan ganas de decir #NotAllMen porque tú sí ves películas dirigidas por mujeres, quiere decir que te lo estás tomando personal. En pocas palabras: ¿no te queda el saco? No te lo pongas. Lo que no es para ti, en serio, no lo es.

La historia nos ha demostrado que podemos reírnos de todo lo malo que nos pasa, y no necesariamente ser malo. Reírte en el funeral de tu madre no significa que estés festejando su muerte, simplemente que en un instante hubo un pequeño espacio de alivio, en el que te sentiste lo suficientemente cómodo, protegido y a gusto como para compartir una risa con los que te acompañaron.

Al final, Gervais quiere que la gente le pierda miedo a contar un chiste y a que no nos privemos de la risa, si de todas maneras a todos nos espera la tumba. Y no está mal. Pero es también sólo un lado del espejo.

Por eso quiero mencionar a

Nanette, de Hannah Gadsby

A este especial ya lo he mencionado muchas veces. Verlo por primera vez, sin ningún tipo de recomendación mas que el algoritmo de Netflix, ayudó a que esta espectadora terminara con un nudo en la garganta y una ligera rabia ardiendo en el estómago. Dicho esto, a quien no lo ha visto seguro le acabo de arruinar la sorpresa.

En fin, el espectáculo de esta comediante australiana, además de necesitar subtítulos para los que no somos from the land of down under, pone sobre la mesa el peso de ser una mujer artista que se identifica como lesbiana y que ha vivido, de muy primera mano, el desprecio, la violencia y el miedo de no ser parte de lo que se cree que es «normal» o «natural». Nannette es, en mucha medida, un manifiesto creado con lo que la experiencia le ha dado, desde la condescendencia de algunos hombres que dan por hecho que no sabe nada de arte (Gadsby es historiadora del arte y ha dedicado varias cápsulas en YouTube para explicarlo) y que por eso pueden tratar de convencerla acerca de sus propias teorías sobre por qué el trabajo de Van Gogh es lo que es, hasta otros miembros de la comunidad LGBTTTIQ (¿lo escribí bien? D: ) le reclamen porque en su comedia no se representa de manera adecuada su experiencia, aunque ella misma sea parte de ella.

Pero en medio de todo esto, que como anécdota puede resultar gracioso (que te digan que no eres lo suficientemente gay mientras no puedes más que ser gay, porque gay es lo que eres, es muy chistoso, admítanlo), se insertan también las que se refieren al núcleo familiar, en el que tuvo que ocultar por mucho tiempo su preferencia sexual porque su madre se negaba a aceptarlo. O que un hombre la golpeara en la calle porque supo que es lesbiana y que, por supuesto, no se atreviera a ir a un hospital a recuperarse porque así de merecedora se sentía. Gadsby habla del humor del auto desprecio (self-deprecating humor, en inglés), ese que muchos hemos usado para reírnos de nosotros mismos: sobre nuestros errores, lo inadecuados que nos hemos sentido en situaciones sociales, lo contradictorio que nos lleva muchas veces a malas decisiones que, una vez superadas —o que pensamos superadas— se convierten en repertorio de chistes, que Rick Gervais usa tan bien, y Gadsby se pregunta si tiene caso seguir con eso. No todos los comediantes, sino ella en particular, pues con el tiempo ve que todo lo que le hizo daño mientras estaba creciendo sin darse cuenta todavía que quien estaba mal acerca de ella eran los otros, no ella misma, se convirtió en un chiste, pero no le ayudó a superar el trauma. Y, peor, el chiste se comenzó a mezclar con sus recuerdos y la experiencia se transformó aún más.

¿El objeto del chiste? Gadsby coincide con Gervais: hay que saber elegirlo. Hablando acerca de la misoginia de los artistas (Picasshole, brillante), también lo hace de sus colegas comediantes, aprovechándose del remate fácil: «¿Saben quién era un remate fácil? Monica Lewinsky. Tal vez si los comediantes hubieran hecho su trabajo apropiadamente y se hubieran burlado del hombre que abusó de su posición de poder, quizá tendríamos a una mujer de mediana edad y una cantidad apropiada de experiencia en la Casa Blanca, en lugar de un hombre que admitió, abiertamente, que abusa de mujeres vulnerables porque puede».

«La risa no es medicina. Las historias son la medicina. La risa es lo que endulza lo amargo del remedio», dice acercándose al final.

…¿la verdad se asoma?

Rick ya dijo que hacer un chiste acerca de malo no te hace necesariamente malo. Pero también depende del contexto. Ahí tenemos a las historias de Woody Allen, enamorado de jovencitas hasta que se casó con una. O a Louis C.K. que le encantaba imitar los movimientos de muñeca típicos de la masturbación masculina en medio de sus stand-ups, hasta que lo señalaron por hacer eso mismo, pero sin consentimiento.

John Mulaney, quien durante mucho tiempo fue escritor de Saturday Night Live y ahora hace la caricatura que todos los adolescentes deberían estar viendo, dijo en una entrevista que existen varias formas de conocer mejor a un comediante. Claro, existen los chistes en los que comparten un pasaje de su vida y de la gente que los rodean. Pero hay otros, menos evidentes, en la comedia observacional (observational comedy, le dice) que pone al descubierto incluso lo más oscuro de una persona. De ejemplo pone a Seinfeld:

No sé si mi madre era racista empedernida. Pero sí puedo aceptar que tenía poquito de otros aspectos menos halagadores, que también heredó a sus hijos y que hemos intentado sacudirnos poco a poco, y sí estaban impresos en los chistes que aprendimos y disfrutamos tanto.

Con el tiempo muchos hemos aprendido que la risa no es algo estático. Es, como el lenguaje, un mecanismo que inventamos y que se va moldeando y adaptando al mundo que cambia al mismo tiempo. Nos ayuda a conectarnos —también una reflexión de Gadsby— con otra gente, en ocasiones explica lo que nos pasa desde otra perspectiva y, si está bien hecho, también incomoda. Así como todo lo demás que la humanidad ha sabido hacer, el chiste bien construido no nos deja impolutos. Nos causa un leve retortijón, nos hace dudar, se queda un rato pegado en la cabeza y, tiempo después, se mantiene con nosotros porque nos ayuda a entender lo que pasaba, o se pierde en los recuerdos porque no aportó mucho al contexto.

No sé si lo han notado, pero al humor no le importa si es políticamente correcto o no. Los que se quejan de eso son los cñores que lo que realmente lamentan es que Polo Polo ya no sea la onda. Nadie tiene miedo a contar chistes, sólo los que le tienen miedo a la vida ahora.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.