Hannah Gadsby, en Douglas

Hannah Gadsby y los spoilers o por qué una buena historia no depende de ellos

Alguna vez ya había hecho mi pataleta en contra de los spoilers y la raza más débil que se deshace, como si fuera una figura de azúcar a la que le llueve de pronto, cada vez que le cuentan el final de una serie o una película que se estrenó hace 20 años. O el mes pasado. O ayer, da lo mismo.

Aunque yo sé y ustedes saben que, como en todo lo que sucede en esta vida, lo que importa es el trayecto y no el destino, quise mencionar dos ejemplos en particular de cómo se puede manejar de manera excelente el hermetismo del desenlace de una historia y cómo no importa que nos digan lo que va a suceder, porque la ejecución es perfecta.

Y es también una buena manera de enterarnos qué tanto es que apreciamos un libro, una película, una serie, un truco de magia, un maldito chiste: si regresamos a él o a ella para un segundo vistazo y nos aburrimos a la mitad porque ya sabemos en qué va a acabar, ¡spoiler!: no se merece las cinco estrellas que le diste en la primera ocasión.

Obviamente existen aquellas que necesitan la vuelta de tuerca al final para crear un efecto, incluso más allá del «siempre estuvo soñando» o «había perdido las piernas cuando fue tras su balón en la calle». Sin embargo, reducir la valía de un texto (o una película, o una serie, o un chiste) al último remate, es también reducir la capacidad de narración, construcción de ambiente, desarrollo de personajes o, incluso, la mordacidad o emotividad de los diálogos a meros accesorios que sólo le acomodan el escenario al «Grace y sus niños han sido los fantasmas todo este tiempo». En realidad, si en la segunda revisión no encontramos los elementos que ya nos anunciaban el final, es que efectivamente nada importaba, porque el desenlace no tiene sentido con lo demás.

Es lo que le pasó a Lost. He visto la serie completa varias veces, con todo y la gastritis por tanto coraje cada vez que desaprovecharon oportunidades o simplemente tiraron todo al suelo sin el menor cuidado. Pero esas temporadas (sólidas, de la 1 a la 3; no tan sólida, la cuarta; las últimas dos no juegan en esta reta) en las que el viaje fue tan importante, valen oro. Por eso y otras razones es una serie importante —por la forma en que los productores invirtieron en una serie como si se tratara de un blockbuster, por los personajes y sus relaciones, por la importancia de la música en todos los capítulos, por el manejo de los motivos narrativos que pudieron mantener de forma consistente, porque sin Lost no existe Dark, por ejemplo—, que es buena idea revisitar, a pesar de que sabemos que no se explicó nada de lo que estuvo en juego durante seis años.

Los spoilers a los que tanto miedo les tienen algunos adultos de nuestro tiempo, son como los títulos de los capítulos del Quijote: nos dicen exactamente lo que va a suceder, quiénes estarán involucrados y quién va a ganar, pero no cuentan las acciones intermedias, ni «la carnita» que convierten a una anécdota, que podría ser exactamente como todas las otras anécdotas del tipo, en una aventura inolvidable. Cientos de años después de escrita, además.

A los buenos narradores no les importan los spoilers, la verdad. Ari Aster lo ha demostrado, especialmente, con Midsommar. Antes de que empiece, de que nos presente el paisaje nevado del lugar donde vive Dani, vemos un mural que cuenta toda la historia, desde el principio hasta el final, con algunas partes clave.

¿Ven? Y nadie estuvo chingando «SPOILER ALERT!» en el cine

Y así es como llego a Hannah Gadsby.

A Hannah muchos la conocimos por su especial Nanette (2018), que está disponible en Netflix. Comediante australiana, saltó a la fama mundial con ese show —si no entendí mal, el noveno de toda su carrera— y luego regresó este año con Douglas (2020), también para la misma cadena de streaming. Y lo que quiero resaltar de estos dos especiales no es el impecable manejo del humor, ni el juego del lenguaje, ni lo fácil que explica el arte desde una perspectiva feminista, ni la tripa que no teme mostrar ante los desconocidos y los haters profesionales.

Lo que quiero mencionar de Nanette y Douglas es que, al menos desde el punto de vista spoilero, representan las dos maneras en que se puede contar una historia: llevando la tensión y las risas por un camino que termina en un sitio inesperado o contando desde el inicio lo que va a hacer, parte por parte, en el espectáculo que ha preparado.

En el primero funciona perfecto porque, para los que tuvimos la fortuna de verlo sin expectativas ni reseñas previas —a veces el algoritmo de Netflix sí funciona, he de admitirlo—, Nanette nos soltó el cuello sin habernos dado cuenta de que nos tenía agarrados, y sé que no a pocos nos dejó con un sentimiento de incomodidad, tristeza, enojo y las ganas de salir a la calle a incendiar todo. Al recomendarlo a los demás, no queríamos decir de qué se trataba exactamente, porque parte de su logro fue ese efecto de «tú crees que vas a escuchar sólo chistes sobre machistas y homofóbicos, pero no» que te enmudece. Acepto que la primera vez me quedé en silencio cuando Hannah abandonó el escenario.

Y con Douglas, el que pensamos que no existiría porque se supone que el anterior era su despedida de la comedia, hizo lo contrario. Durante los primeros 10 o 15 minutos se dedicó a explicarnos lo que había preparado. Que habría una anécdota que le pasó en un parque para perros. Que habría una historia sobre una caja que luego sería un pingüino. Que hablaría de cuando le diagnosticaron autismo y también sobre un ginecólogo que quiso diagnosticarla de otra cosa erróneamente, porque hombre pendejo. Que entonces seguirían chistes sobre el patriarcado y los antivacunas. Que habría una breve clase de arte. Y que cerraría con un chiste a expensas de Louis C.K., porque claro que debería pasar.

Nanette lo he visto en tres ocasiones. Douglas apenas una (ténganme paciencia). Pero en el primero me quedo callada, lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta en cada vez. Y con el segundo, con todo y la detallada explicación de lo que teníamos que esperar, reí como estúpida al mismo tiempo que hacía un check-list mental de todos los elementos del material ya anunciados. No puedo esperar a verlo de nuevo.

En ambos, Gadsby está consciente de lo que le hace a la audiencia, y lo comenta de forma generosa: nos está dando también una clase de cómo contar historias, ya sea para hacer reír o cambiar el mundo; para hablar de lo incómodo —y que además incomode, chingadamadre— o para compartir los pequeños triunfos. ¿Cuáles son las partes de un buen chiste? ¿Cómo se cuenta de forma correcta? ¿Qué es un monólogo, una clase, una metralla de risas? Hannah lo explica todo.

Así que si otra vez alguien les pide, con tono lastimero, que por favor no le «arruinen» una película al soltar lo más parecido a un spoiler, díganle que tal vez no necesita protegerse de los desenlaces de los estrenos más recientes del cine. Lo que necesita es protegerse de las historias mediocres. (Y que empiece a buscar lo que hace Hannah Gadsby, para inspirarse).

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