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Decía Carrie Fisher — la princesa Leia — que cuando tuvieras el corazón roto lo tomaras en tus manos e hicieras arte. Supongo que es la herramienta final de los que no sabemos, aún, organizar un movimiento o convencer a la gente que tenemos cerca que desde hace tiempo todo se está derrumbando. Que de todas maneras las cosas continúan sucediendo, y a dos cuadras de donde aparece el cuerpo de una mujer asesinada alguien construye un edificio, inicia un negocio, se enamora, decide tener una familia, le pone el nombre de su abuela a la primera niña que engendra.

Escribo esto porque no sé si pueda hacer algo mejor. Le di tiempo a mi cabeza para enfriarse, porque no debemos hacer nada enojados, porque el que se enoja pierde, porque el enojo sólo atrae más enojo y luego se puede transformar en odio. Tengo la cabeza fría, ya pasaron algunos días de las noticias que nos presentaron a Ingrid y a Fátima, porque ustedes dicen que si se hace desde la entraña las palabras no salen y el mensaje no se entiende.

¿Pero saben qué? Sí estoy enojada. Es decir, sigo enojada. No entiendo de dónde sacamos el poder de olvidarnos de lo que vimos y lo que describieron en la prensa, de la situación en la que se desencadena la violencia, cómo se consuma y quiénes quedan con vida. No entiendo por qué decidimos ignorar lo que pasa rozándonos los hombros mientras los encogemos, seguimos el camino y todavía decimos, así como le hacemos cuando intentamos parecer más inteligentes de lo que realmente podemos, «al menos en mi casa sé que esto no pasa». ¿Y cómo lo sabemos? Porque nos paramos a la entrada de un cuarto, echamos una mirada sobre los muebles apenas y anunciamos la conclusión: acá está todo bien. Pero como siempre que nuestra madre se acercaba con enfado a nuestro encuentro después de que gritáramos un lastimero e inservible «Pero es que no lo encuentro», sólo hace falta asomarse debajo de las sábanas para exponer que tal vez es verdad que no hay cadáveres en nuestro hogar, aunque sí hay rastros de esa pólvora que tarde o temprano va a quemar otro árbol.

Es difícil no enojarse. Y creo que ese enojo surge, principalmente, de la vergüenza que sentimos al tener que ver de frente lo que hemos sido durante tantos años y lo que somos a pesar de que todo alrededor nos pide — a gritos, a golpes, a pintas, a cantos, a ilustraciones, a conferencias, a talleres, a trozos de tela verde, a razones, a insultos y a silencios — que nos detengamos. Que hagamos una pausa en las opiniones en Facebook y las descalificaciones baratas que aprendimos de otros comediantes temblorosos y culosucios que buscan aprobación entre sus seguidores y reconozcamos que somos incapaces de sentir empatía por el prójimo. Entendemos a personajes de ficción, discutimos sus decisiones y hasta podemos identificarnos con sus acciones controvertidas. Pero cuando pasa en la calle de nuestra ciudad, decimos: «así no». Nos es muy difícil reconocer la humanidad de un desconocido. Nos debe golpear de cerca para atrevernos a abrir esa puerta y oler lo que huele la muerte de alguien más que sucumbió a la violencia. Y hay muchos que hasta nos hacemos indiferentes si la víctima es de otro sexo distinto al nuestro.

Es posible que nosotros, que vivimos en este momento — para lo bueno y todo lo malo al mismo tiempo — , nunca podamos descifrar por qué hay tanta violencia contra las mujeres. Quizá no es sólo una causa, sino una combinación que ha ido encimándose con el paso de los años, de los gobiernos, de las crisis, de los modelos económicos, de los chistes, las películas, de la manera en que educamos a nuestros niños, los miedos y las amenazas dentro y fuera de casa. Quizá estuvimos presentes cuando las primeras señales de alarma aparecieron y tomamos la decisión consciente de ignorarlas porque no nos pasó a nosotros ni a nuestros seres queridos —«Vivíamos, como era normal, haciendo caso omiso de todo. Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que trabajar para ello», dice June en El cuento de la criada. Puede ser que lavarnos las manos es, en realidad, lo que nos hace humanos frente al reino animal. Sin embargo, de nada sirve que hagamos teorías alrededor y señalemos a las muertas porque tomaron decisiones distintas a lo que hubiéramos hecho en su lugar. Esto debemos aprenderlo y repetirlo hasta que se callen los que repiten sin parar los argumentos revictimizadores: nadie se merece morir violentamente. Nadie. Ni siquiera ese monstruo — real o imaginario — en el que pensamos de pronto: nadie.

También pienso que el enojo se reanima porque nos damos cuenta de que el cambio es más difícil de lo que nos han hecho creer las series de televisión de final redentor. No hablo únicamente de ese retortijón en el estómago que sentimos cuando, a pesar de las advertencias, nos adentramos en la sección de comentarios de la publicación de una persona desaparecida, especialmente si se trata de una mujer, entre 17 y 25 años, que viajó de noche en un taxi después de salir con sus amigos — no tenemos derecho a divertirnos, porque la culpa de nuestra muerte recae en querer ser libres — . Hablo de nosotros mismos, de mí misma. No es fácil ir a una marcha y gritar consignas a la calle, frente a personas que te señalan, se burlan, te responden con insultos, intentan frenarte o prefieren alejarse porque les estorbas en su camino. En muchas ocasiones fuimos esas personas, juzgando a las que se manifiestan. Las que se organizan y nos enseñan frases o canciones para pedir que la violencia pare: ¿cómo lo hacen? ¿De dónde sacan tanta valentía, ingenio, creatividad e inteligencia para la logística de una marcha de miles de personas que avanzan con tambores, cartulinas, megáfonos, carreolas, perros, las fotos de sus hijas muertas o desaparecidas?

Pues claro: del enojo.

Siempre existirán los que piensan que, en una familia donde hay un hijo y una hija, es esta última la que tiene que aprender a defenderse porque es la que tiene más probabilidades de convertirse en víctima de violencia de género. Pero nadie se va a preocupar por el hijo, que es el que tiene más probabilidades de convertirse en el perpetrador de esa violencia a su hermana. Siempre habrá quien levante la mano, de manera educada, e intente pedir civilidad entre los gritos, llamando a las buenas intenciones, al «humanismo, no machismo o feminismo», que pondrá de ejemplo a su familia tan respetable y amorosa — cuyo abuelo desposó a una niña de 13 años con la que tuvo diez hijos y jamás le ha dado oportunidad a las mujeres de su familia en convertirse en directoras de su empresa — , que pedirá que no generalicemos. ¿Pendejos? Sí, dan ganas de decírselos porque ya nos lo dijimos a nosotros cuando nos hacíamos pendejos.

¿Pero saben qué es lo mejor? Que siempre habrá las que van a tomar acciones y le van a pedir a sus amigos que dejen de rolar fotos de sus novias desnudas entre sus contactos. Que van a ponerle alto a los piropos que nadie pidió. Que van a recordarle a la familia que sus primas no tienen que explicarle a nadie por qué no quieren tener hijos o por qué han decidido abortar. Que saben cómo coser paliacates verdes para regalar entre sus amigas y compañeras de trabajo. Que cuando leen un libro feminista le hacen una reseña para que la gente a su alrededor aprenda algo que ella acaba de descubrir. Que cuando una desconocida pide ayuda en un bar a las tres de la mañana, son las primeras en acercarse y asegurarse de que llegue bien a su casa. Que si escuchan que su vecina está en medio de una situación de violencia, van a tocar la puerta para recordarle que están al pendiente — en ese momento y los días que siguen — . Que si saben autodefensa, o conocen una abogada especialista en lo familiar, o saben de una ginecóloga o una psicóloga con perspectiva de género, no dudarán en impartir el taller o pasar la tarjeta de contacto.

A pesar de que haya hombres que no quieran admitir sus equivocaciones. Que les dé culo decirle a sus compañeros que dejen de denigrar a sus parejas frente a sus amigos. Que no quieran pagar manutención de los niños que han abandonado. Que se burlen de sus conocidas cuando les digan que un extraño las tocó en el autobús. Que piensen que el único trabajo que debería ser suficiente para sus hijas es el de «ser mamás». Que se conviertan en Alfaros o Pejes — políticos, todos y ninguno sirven para nada. Si no lo hacemos los ciudadanos, no va pasar nada nunca — que se hagan pendejos porque es incómodo admitir que no tienen la menor idea de lo que sucede ni cómo solucionarlo.

A pesar de nosotros, siempre habrá mujeres mucho más valientes que convertirán este enojo hdspm en motor y fuerza para resistir. Siempre habrá mujeres que valen la pena seguir. Nina Prójorovna Kovaliova, esposa de un liquidador de Chernóbil, tiene razón: «no se puede sufrir así, sin tan sentido». El enojo tiene que servir de algo.

Tal vez si estamos juntas, de alguna manera, esto también podamos cambiarlo.

Escribo. Tengo gatos. Amo el queso.

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